
Cuando estuve en Canfranc, hace de esto ya muchos años, no me podía creer lo que estaba viendo, era el sueño de alguien a quien le gustara el terror y el misterio, el sitio perfecto para imaginarse mil historias, desde alguna tan simple como las llegadas y partidas de los viajeros, hasta otras con tintes políticos-policíacos gracias a la historia que esta estación tiene con los nazis de la Segunda Guerra Mundial.

La estación está en plenos Pirineos, en la provincia de Huesca y fue inaugurada por Alfonso XIII en 1928.
El edificio, realmente imponente, es de planta alargada y estructura simétrica, articulado en cinco cuerpos, con el central y los laterales adelantados y más elevados, de más de doscientos metros de longitud. Exteriormente sigue modelos de la arquitectura palacial francesa del siglo XIX. Presenta un tratamiento clasicista de los paramentos, con una variada combinación de materiales: hormigón, piedra, hierro y cristal, lo que da lugar a un juego cromático acentuado por la presencia de cubiertas de pizarra.

Los diferentes espacios (billetería, aduanas, bar, hotel, etc.) se hallan claramente diferenciados tanto por su estructura como por su decoración, dispuestos en una distribución funcional. En el cuerpo central se sitúa el vestíbulo, cubierto por una gran cúpula de fundición, en el que se encontraban las taquillas. A lo largo de las distintas salas, se combinan grandes ventanales, pilastras de un toque clasicista y trabajos realizados en madera. En cambio, en los extremos está instalada la zona aduanera, la comisaría de policía, el departamento de correos y un hotel internacional. Asimismo, disponía de dos pasos subterráneos.

El primer piso del edificio se encuentra abierto por los frentes oriental y occidental a los andenes, cubiertos por una marquesina sobre columnas y pilares metálicos. Sobre ésta se levanta el segundo piso. La estación cuenta también con varios muelles para el trasbordo de las mercancías y el depósito de las máquinas. En la parte norte se encuentra el Coll de Ladrones, monumento edificado en el siglo XVII; y en la parte sur, está situada la llamada Torreta de la Fusilería, proyectada a finales del siglo XIX.

Desde que en 1970 se cerrara el tráfico internacional a través de la línea de Canfranc, esta estación ha experimentado un estrepitoso descenso en el tráfico ferroviario. A dicha estación llegaban trenes mercantes (hoy día circula algún que otro tren de mercancías) y algunos pocos trenes de pasajeros, como el expreso diurno Río Aragón (que cubría la ruta Madrid-Chamartín–Canfranc).

Un corrompido cartel, adherido a una valla, indica que han comenzado los primeros trabajos de rehabilitación del edificio. Detrás se observa un doble letrero que señala la ubicación del antiguo Hotel Internacional, en el número cinco. En sus estancias, el agua y la nieve se filtran por las claraboyas de cristal, completamente destrozadas. El hormigón -de piedra artificial-, al igual que el resto de elementos decorativos se ha desecho. Las pequeñas pirámides de cinc también han desaparecido.

Junto al andén, las salas mantienen aún sus carteles. Así, todavía se aprecian a simple vista letreros como “Sala espera”, “Jefe de estación”, “Telégrafos”, “Correos”, “Acceso vestíbulos” o un reloj. Los cristales están destrozados por el desgaste propio o por la acción humana. Las muebles se caen a trozos. La madera está carcomida. Las columnas, raídas. Las paredes se encuentran repletas de manchas y rayas.

Sólo algunos habitáculos se encuentran cerrados con candados oxidados, pero el resto de lugares propios de la estación, hasta los más íntimos están al alcance de cualquiera que se atreva a entrar, como nosotros hicimos sin ninguna duda.

Siguiendo en esa dirección y dando la vuelta hacia la parte trasera del edificio pocas puertas se resisten. De la antigua enfermería ya sólo quedan las estructuras de unas camas y sillas cubiertas de un metal oxidado. Más, adelante, las tablas de madera del suelo comienzan a hundirse. Hay varias puertas. Algunas se dirigen hacia arriba; la mayoría, hacia la parte subterránea.

En una sala contigua, probablemente, la más grande, en la que los viajeros comprarían sus billetes, y esperarían la ida y venida de trenes, las palomas han encontrado el lugar perfecto para construir sus nidos. Abajo, en un rincón, todavía se distinguen unas letras muy borrosas en un puesto. Dicen “Subsecretaría de Turismo”.

Unos metros más adelante, en otra habitación, se lee “Banco Central. Corresponsal del Estado de España. Cambio. Change”, sobre una ventanilla en la que los turistas cambiarían sus francos, marcos o liras por pesetas.

Durante la Segunda Guerra Mundial tuvo especial relevancia ya que era un sitio difícil de controlar por los Aliados, al estar en una cordillera montañosa como son los Pirineos, con un gobierno español pronazi aunque neutral y uno francés pronazi. El hecho de que este paso fuera el que mayor tránsito de mercancías para Alemania quedó testificado en la documentación encontrada por casualidad por un ciudadano francés, durante un paseo por esta fantasmagórica estación.