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viernes, 27 de marzo de 2026

Fin y principio, de Wislawa Szymborska.

Después de cada guerra
alguien tiene que limpiar.
No se van a ordenar solas las cosas,
digo yo.

Alguien debe echar los escombros
a la cuneta
para que puedan pasar
los carros llenos de cadáveres.

Alguien debe meterse
entre el barro, las cenizas,
los muelles de los sofás,
las astillas de cristal
y los trapos sangrientos.

Alguien tiene que arrastrar una viga
para apuntalar un muro,
alguien poner un cristal en la ventana
y la puerta en sus goznes.

Eso de fotogénico tiene poco,
y requiere años.
Todas las cámaras se han ido ya
a otra guerra.

A reconstruir puentes
y estaciones de nuevo.
Las mangas quedarán hechas jirones
de tanto arremangarse.

Alguien con la escoba en las manos
recordará todavía cómo fue.
Alguien escuchará
asintiendo con la cabeza en su sitio.
Pero a su alrededor
empezará a haber algunos
a quienes les aburra.

Todavía habrá quien a veces
encuentre entre hierbajos
argumentos mordidos por la herrumbre,
y los lleve al montón de la basura.

Aquellos que sabían
de qué iba aquí la cosa
tendrán que dejar su lugar
a los que saben poco.
Y menos que poco.
E incluso prácticamente nada.

En la hierba, que cubra
causas y consecuencias,
seguro que habrá alguien tumbado
con una espiga entre los dientes,
mirando las nubes.



Cuadro: Nevinson, Ypres After the First Bombardment

viernes, 2 de diciembre de 2016

Marcos Ana

Marcos Ana murió el 24 de noviembre

Pasó 23 años en cárceles franquistas. Duele perderle. :'(
"Carta urgente a la juventud del mundo".

"Si la juventud quisiera
mi pena se acabaría,
y mis cadenas.

(Decid ¡basta!
Haced la prueba.)

Vuestros brazos son un bosque
que llena toda la tierra;
si enarboláis vuestras manos
el cielo cubrís con ellas.
¿Qué tiranos, qué cerrojos,
qué murallones, qué puertas
no vencieran vuestras voces
en un alud de protesta?

(Todos los tiranos tienen
sus pedestales de arena,
de sangre rota, y de barro
babilónico sus piernas.)

Pronunciad una palabra,
decid una sola letra,
moved tan solo los labios
a la vez y la marea
juvenil atronaría
como un mar cuando se encrespa.

Pero, ¿quién soy yo, qué barco
de dolor, qué espuma vieja,
qué aire sin luz en el viento
acerco a vuestras riberas?

Como campanario de oro
vuestros corazones sueñan.
La juventud es la hora
del amor, su primavera.
¿Por qué mover vuestras ramas
alegres con mi tristeza?
¿No es mejor que yo me coma
mi pan solo en las tinieblas;
que mis pies cuenten las losas
veinte años más, mientras sueñan
mis alas entre las nubes
de un cielo roto en mis rejas?

Pero la vida -mi vida-
me está clamando en las venas;
abrasa loca las palmas
de mis manos; lanzaderas
clava y desclava en mi frente
y el pensamiento me quema.

Ved nuestros tonos. Ya somos
como terribles cortezas;
claustrales rostros, salobres
ojos que buscan a tientas
-sedientos de luz y sol-
una grieta entre las piedras.

No sabéis lo que es vivir
muriéndose a vida llena;
grises, sobre grises patios,
sin más luz que una bandera
de amor...

Ni lo sepáis nunca...
Más si queréis que esta lepra
jamás os alcance el pecho,
no dejéis "mi muerte" quieta.
No dejadme, no dejadnos
con nuestras sienes abiertas
y en un cerrojo sangrante
crucificada la lengua.

Levad vuestros pechos. ¡Pronto!
( Es bueno que esta gangrena
os revuelva las entrañas.)
¡Echad abajo mi celda!
Abrid mi ataúd; que el mundo
en pie de asombro nos vea
indomables, pero heridos,
sepultos bajo la tierra.
¡Que no queden en silencio
mis cadenas!".

sábado, 26 de enero de 2013

Marwan ANTOLOGÍA



No sé bien lo que pasó

Entonces pudimos haber hecho 2 cosas:
romperlo del todo
o tratar de arreglarlo de una vez.

Hasta aquel momento sólo
habíamos usado la opción equivocada:
tapar las grietas.

No sabíamos cómo tomar ninguno
de los otros dos caminos.
El primero requería
salir de los recintos de la cobardía,
aprender a dar las gracias
-o a odiar sin titubeos-
y repartirse los recuerdos.
El segundo requería
salir de los recintos de la cobardía,
aprender a agradecer,
reconocer la mediocridad que nos amparaba
y poner de acuerdo los recuerdos,sobre todo aquellos que se irían
fabricando a partir de entonces.

No sé bien lo que pasó,si lo logramos,
si salimos de la cobardía por la puerta de entrada
o del amor por la puerta de atrás.

Sólo recuerdo que nunca suele ser como uno espera
y que algunas veces pienso que soy feliz.


Ocho puntos de sutura
1- Siempre acaban volviendo tus ojos a provocar nuevos destrozos, a enseñarme todos los trenes que no podré tomar.
2- Siempre acaban volviendo tus ojos para abrocharme a la impaciencia como 2 botones oscuros.
3- Pero vuelven también tus ojos como dos disparos contra la soledad, para cruzarme por dentro y salir de nuevo en estampida,
4- Siempre acaban volviendo tus ojos para despegarme el corazón del cuerpo, para quitarle el nombre a la heridas, para tirarlas al mar.
5- Siempre acaban volviendo tus ojos, para explicarle a todos que mirar es una cosa y que me mires tú es un verbo diferente.
6- Siempre acaban volviendo tus ojos, tirando todo por el suelo: mi entereza, los portales, el color de los domingos.
7- Siempre acaban volviendo y tengo que sacar bandera blanca y rendirme, recoger mi corazón del suelo,
8- Y me da por pensar, que tal vez esta vez, tus ojos, por fin, esconden un tal vez...

Consideraciones con respecto al olvido

El olvido es una disciplina sin geometría
es igual que recordar a una chica sin rostro
es como los espejos
que no se acuerdan de sus visitantes
unos segundos después
es una emoción sin nombre
volver a sentir nada.

El olvido es lo contrario a una cama desecha
es el rival de la tarde en que te fotografié desnuda
y es quien convierte tu corazón en una trinchera
y tu memoria en un vertedero de momentos dulces.

El olvido siempre cobra caro el amor
como una novia rencorosa.
Es el precio de haber amado y no haber sabido ganar
cuando apostaste todo a la casilla azul de su mirada.
Es correr en dirección contraria a las caricias
es una habitación con todo cambiado de sitio
pero sin nadie dentro
es la pregunta que llena los bares de gente
y la respuesta que llena los vasos de bocas.

También es el rincón concreto de la tierra que no sé habitar
porque mis mapas miran al pasado
porque tengo cien mil manchas con tu nombre en la memoria.

Sigue persiguiéndome de noche
el mensaje oculto de tus pendientes
tu silueta vista a contraluz
tu risa como una manzana abierta
tu pubis de anémonas sujetado por el sueño
la pura geometría nórdica de tu abdomen
que descendía hasta mí como una noche de verano.

En las estanterías no me caben más recuerdos
ya no hay más sitio para ti.

Acabo de tomar mi decisión:
hoy bajaré al parque y me sentaré
en un banco a esperar que las palomas
caminen alrededor de mi vida
y picoteen hasta que no quede
ni un grano de tu recuerdo.
Entre nosotros

Siete paradas de metro
treinta y cinco minutos
diez calles.
Te llamo
y marco en el teléfono
el número de besos que caben en tu cuerpo.


La triste historia de tu cuerpo sobre el mío

Todavía me acuerdo de ese verano.
Mi soledad y tu soledad se acostaban juntas
jugaban a pegar trozos, maderas del galeón hundido.
Nos besábamos con verdadero dolor
con la piel en el presente y la cabeza en el pasado
recordando fechas, olvidando promesas
y nos sumergíamos en la noche de las piernas
sorteando el miedo como en una carrera de obstáculos
contra los monstruos del desaliento.

El sudor era una tregua entre cien aёos de guerra,
nos queríamos morir, tan bonitos y tan tristes
como un juguete nuevo en una fábrica abandonada.
Yo tenía 15 y tú 17. No, no eran nuestros aёos
sino nuestros fracasos,
esos episodios que te definen mejor
que cualquier costumbre familiar.

"¡Venga, despierta!" me decías
y yo te miraba en espiral
porque te amaba pero quería salir corriendo.
Mis dedos no sabían ya pronunciar una caricia
sin que surgiera un nuevo temor desde las yemas.
Incapaz de mirar a las decepciones a la cara
volvía de lleno a tu centro, a derramarme, a licuarme,
a llenarte de blanco la oscuridad,
a dejarte pringada la soledad,
a cubrirte con los chorros de mi angustia.
Te metía los dedos bajo la tristeza
y los sacaba mojados de promesas rotas:
tu coёo era una guarida tenue
mi corazón una maquina de hielo.

Así pasó el tiempo,
como un tren de sólo dos pasajeros
camino hacia la desilusión.

Luego nos dimos cuenta de todo,
de que ese verano en realidad fuiste mía
de que mi vida estaba a tu nombre
pero como suele pasar
nos dimos cuenta tarde.

Casi

Un álbum de cromos inacabado.
El gol que no marco Pelé.
Una noche de ensueño que acaba sin un te llamaré.
La flor exacta de un cactus.
Mirar el mar a través del cristal.
Que coincidan con el tuyo cuatro de los cinco números de la lotería.
Una playa artificial.
Escribir la palabra todo
y tirar de la cadena para que al final
nos quedara la palabra casi.
En eso consistió nuestra historia.

Todos sueñan

El mendigo sueña con un billete en su vaso
y el vaso con una boca que lo bese.
Por la acera donde suspira el vaso
pasa un adolescente que sueña con invitar a bailar a Eva
mientras Eva sueña con conocer algún día al futbolista de su carpeta.
Los futbolistas sueñan con poder ir con sus chicas al cine
y la chica del cine que no les dará las entradas
sueña con un fin de semana libre.
El parado que se pasa los sábados y domingos al sol
sueña con un puesto de-lo-que-sea-en-donde-sea
y el inmigrante ecuatoriano que aceptó
ese trabajo insalubre antes que él sueña con tener papeles.
El funcionario que le denegó el permiso de trabajo
sueña con la hora del cigarrillo
y de camino hacia al estanco choca
con un hombre gris que sueña con ser cantante
y que ignora que el cantante sueña
con que le miren sin luz de escenario,
alguien que quiera mirarle dentro.
Tras el concierto su manager
sueña con un contrato millonario.

Y yo sólo sueño con volver a verte.

Poema a la manera de Benjamín Prado

Te abracé y la niebla perdió su nombre.
Crucé tu espalda y se abrieron las jaulas.
Entonces me hablaste, rozaste mi vida, se borraron los cuervos.
Cuando escuché tu nombre se tacharon las espadas.

Tú te llevaste los serruchos
viniste con las manos llenas de parques.
Tú me miraste y el cansancio se dio la vuelta.
Te desabroché la blusa y se cerró la tristeza.

Yo era un hombre cubierto de maleza,
yo era un hombre abrochado al desánimo,
intentaba hacerle esguinces al invierno.

La amargura tejía sus ciudades en mis cuadernos
pero llegaste para hacer sonreír a las cucharas
para tenderle una emboscada a los cuartos vacíos.

Besarte fue zarpar hacia un país sin dudas.
Yo sólo recuerdo la dirección de tu cuerpo.
Soltaste por mi cuarto los pájaros del júbilo
que volaron todos juntos como cien mil toneladas de periódicos.

Tu cara fabrica diques contra la melancolía.
La soledad son cien millones de preguntas.
Tu cintura es la respuesta a todo.


Las cosas que me separaron de ti

Primero
y como motivo principal
fue nuestros corazones de fruta verde
incapaces de ser masticados.
El frío que hacía a tres manzanas de tu vida.
Mi alergia al compromiso, tu alergia a verte sola.
Mis ganas de saber qué películas
estaban en cartelera bajo otras faldas.
Encontrar sólo el recuerdo del recuerdo
del recuerdo de lo que andábamos buscando.
Lo mucho que nos parecíamos a las parejas
a las que no nos gustaría parecernos.
Nuestra forma de no encontrar la forma de hacerlo de otra forma.
No querer que me recordaras como un cabrón
por haberte seguido sin amarte.
Pensar que ya sólo podríamos aspirar a victorias minúsculas.
Nuestra forma de hacer del amor un deporte de riesgo.

Escribo estas líneas
porque nunca fui del todo justo
cuando te culpé de todo a ti.

miércoles, 7 de marzo de 2012

Brais Ocampo


"¿Cómo tratar de expresar en tan poco espacio la pasión nacida de Tu piedra mojada, o la vida de este poeta ocioso e hiperactivo a un tiempo?

Leyendo sus versos uno llega a sentirse como un voyeur que espía el juego secreto en el que dos amantes se recrean...

...En Tu piedra mojada, el sexo se muestra como la fiesta que nos creó, donde el hombre da salida a su instinto de permanencia a través del único arte capaz de dar vida. La cama de los amantes se convierte en un oasis salvador frente a las injusticias. El deseo pone en contacto los instintos más primitivos con nuestros sentimientos más sinceros y limpios (en contra de los calificativos que algunos castradores imponen a los honestos placeres de la carne). Para Brais, el sexo es una adicción que responde a la necesidad de aferrarse a algo concreto, hasta declarar que está dispuesto a renunciar a la poesía y al mundo por Ella.

.... La promesa de sinceridad que Brais hace a los lectores implica la descripción exhustiva de la carne caliente. La sexualidad es ante todo fuente de vida y placer. La búsqueda de la felicidad está en ese ritual que esta obra se propone proclamar a los cuatro vientos. Así Tu piedra mojada nace de la necesidad de expresar lo innombrable, de unir carne y poesía para desvelar el secreto."

Fragmentos del prólogo
Iria Cortegoso Otero



SECRETO
(Introducción)



¿Quién no ha escuchado eso de que tendría que bajarse los pantalones ante la sociedad? Pues bien, por mi parte ha llegado el día y soy yo quien fuerza la situación para no ceder la iniciativa. Así, cuando me he bajado los pantalones la sociedad, que esperaba encontrar rendido mi culo, se encontró de frente con la pasión que nace bajo mis calzoncillos. Ahora, desnudo, estoy dispuesto a hablar del secreto, a practicar la creación. Sé que todos venimos del sexo y es hacia ese punto político de la relación entre personas, en el que todos nos encontramos, hacia donde me dirijo. Pero no de cualquier manera: sobre la barca de mis huesos remo por el río de la vida hacia el mar de sus fluidos. He descubierto con Ella al amor y me propongo mostrar el sexo con la carne.

Como siempre,
más que nunca
Feliz Revolucción.
Brais Ocampo


MIÉRCOLES

Soy un miércoles,
que se esconde
en tus viernes
por la noche.

Un miércoles, abandonado,
que te ve pasar por semanas
y te espera cada día.
Que se esconde cada lunes,
que sufre todos los martes.
Soy un miércoles, hundido
en el dolor de cada día.
Un miércoles sin jueves,
que resucita en tus viernes
por la noche.

Soy el que te agarra
la cabeza mientras vomitas
y te ofrece una cama
para verte dormir.
La mañana siguiente,
si tienes hambre
soy tu desayuno
y luego te hago la comida
e invito a cenar.

Los sábados son nuestro día,
los domingos me dejas
y los lunes se repiten
sin descansar.

Soy un miércoles
abandonado,
que vive tropezando
con el resto de los días
y se esconde
en tus viernes por la noche,
para masajearte los pies,
para dejarte dormida
hasta el desayuno
y despertarte con besos.

Soy un miércoles, todo rutina,
que sueña despertarte cada día.
Los sábados soy feliz,
los domingos me dejas.

Soy un miércoles,
sólo un miércoles
que se esconde
cada lunes,que sufre
todos los martes.
Sólo un miércoles,
hundido
en el dolor
de cada día.

Sólo un miércoles
sin jueves
que resucita
en tus viernes
por la noche.
¡Sólo eso!
Sólo… eso.





EL PISO GRIS Y LA MUJER DE COLORES



Te despertó de mañana; no hacía ni mucho ni poco que el sueño había vencido al calor. Todo era extraño, todo menos Ella: el olor de tu casa, el color de las cortinas, el sonido de la calle y la temperatura de la cama. Todo había cambiado. Todo… se llenaba de Ella. se amontonaba en todas las habitaciones. La nevera estaba vacía y era lo único, todo lo demás estaba lleno y revuelto. El ochenta por cien eran papeles de todo tipo y el resto, menos la sacudida cama, estaba ocupado por objetos inútiles varios: botellas vacías, cajetillas sin nada, zapatos sin pareja, calcetines encogidos, pantalones sin costuras o botones y ceniza, mucha ceniza, amontonada de otros tiempos en esquinas, mesas y ceniceros desbordados.

Le pediste te esperara. Saliste a la calle y compraste flores, que luego ni eso parecieron a su lado, dulces para el desgaste muscular y café, para no volver a caer en la trampa del soñar; lo querías todo real.

Al volver a tu casa, de nuevo sentiste todo distinto. Había cierta melodía alegre en el ambiente y la fiesta de colores estaba pariendo nuevas gamas. Todo era extraño. Quizá no lo notaste, por haberlo soñado muchas veces. Tu alegría era perfecta: despreocupada, inocente, salvaje y libre. ¡Cuánta utopía! Pero tú no lo notaste, hasta que, saltarín, te acercabas a la cama y una duda te enseñó, como en fotografía, el piso con el que convivías.

Se habría marchado? ¿Habría huido despavorida ante el demencial espectáculo del Diógenes de tu vagancia?

El piso envejecía lleno de restos de comida en cajas de pedido. La ropa florecía por los pasillos y se amontonaba en todas las habitaciones. la nevera estaba vacía y era lo único, todo lo demás estaba lleno y revuelto. El ochenta por cien eran papeles de todo tipo y el resto, menos la sacudida cama, estaba ocupado por objetos inútiles varios: botellas vacías, cajetillas sin nada, zapatos sin pareja, calzetines encogidos, pantalones sin costuras o botones y ceniza, mucha ceniza amontonada de otros tiempos en esquinas, mesas y ceniceros desbordados.

Temiste por tu vida. Sabías que si Ella no estuviera, no lo soportarías. Tu aliento se entrecortó, el contratiempo no fue fácil para tu corazón. Sujetado por una pared, alcanzaste, con voz temblorosa, a decir: "Hola". Y su contestación te devolvió la alegría. Los dedos de tus pies se burlaron de tu cobardía y se sintieron fuertes tus rodillas. Tu rostro cambió tan de pronto, que una lágrima hizo de arco iris en tus ojos. Con esa alegría en los pantalones, mezclada con una aguda vergüenza en el estómago y una extraña, para Ella, cara de sorpresa, la abrazaste como intentando tapar toda la luz de aquella mañana en un eclipse total. La abrazaste entregado, en silencio, sin querer compartir aquel amor con aquel piso. La abrazaste intentando quedarte lo que de Ella salía en su forma más pura. Desde un primerísimo plano, la oliste, sentiste todo su tacto y escuchaste su corazón. Luego, la besaste y las flores se rieron del papel; los dulces se perdieron en el piso y el café fue el único en enfriarse.

CARNE EN TU SARTÉN

Para ser carne en tu sartén
y lograr que me comas,
primero me limpio con esmero;
luego, espero y desespero
en un mar de esperanzas contra el reloj.
Hasta que llegas fría
como la distancia
y encendemos la chimenea de palabras
con la chispa del cariño.

El amor es un fuego lento,
una pasión que te cocina
hasta el punto del placer.



ADICTO

Lo primero es el amor;
después del sexo va el café,
la primera meada del día
y ese porro mañanero
que completa el desayuno.

Después vamos a la ducha
y jugamos con el agua,
y nos tocamos y limpiamos,
y nos limpiamos y tocamos,
hasta volver a empezar.

Me tiro a tu piel;
tú estás al otro lado.
Mi dolor te necesita
como a un fármaco.
Me pones tanto, amor,
que estoy puesto
y dispuesto todo el día;
qué otra cosa podría hacer mejor:
que involucrarme entre tu carne,
que ser despertador consolador
de todos tus buenos días.

Adicto, te quiero como a un vicio.
Me tiro a tu piel. Eres como la droga
de la teta materna, irrepetible
como la primera relación.

Sé que estoy puesto, todo el día,
que parezco un yonqui buscando tu sexo;
pero es que nuestro amor, o lo hacemos
o es síndrome de abstinencia.



MORIR DE PLACER



Propones nunca salir de esta cama. Ella te besa y dice: Eso es imposible. Le cuentas que deseas amarla a todas horas y sin límites convertir vuestro mundo en una pequeña isla con dos corazones, en una bola de helado con ambos sabores. Ella te vuelve a besar y dice: Tonto, tú lo que quieres es morir de placer. Entonces, casi descubierto, le hablas de tu tesis; crees firmemente que morir de placer es imposible, que podrías hacerlo hasta caer feliz de hambre o sueño y Ella comerte despacio, primero la piel, luego la carne hasta volverse loca por tus huesos. Ella te mira con asco, y mientras se viste destroza tu eutanasia.

POÉTICA

Os voy a ser sincero
os voy a decir lo que hago;
no siempre digo la verdad
cuando ocioso me desnudo
para tumbar las palabras
hermosas, en mi cama.
A veces las atraigo con caprichos
o las meto con el calzador
de Blancanieves.
“Los cuentos no son armas
para dormir al niño”
despertar del sueño es bienvivir.
Las lenguas
sexo oral
y palabras...
que empiezan
por enseñarnos
a decir mamá
y acaban
por hacernos
papá
que enseña
a hablar a la cuna.

Os voy a decir la verdad;
os voy a ser todo lo sincero
que mis dudas me permitan.
Me desnudo antes del poema
luego escribo y fumo
hasta llenar el papel.
Claro que muchas veces leo,
claro que siempre dudo cuando pienso
y hace ya tiempo que pienso en la duda
¡y me reconforta!
como al que acumula dinero
saber cuánto tiene.

Os voy a ser sincero
reflexionando todos los días
me sobran los días de reflexión:
El presidente debiera ser
una mujer embarazada
y darle en el propio parto
el relevo a otra mujer
en igual condición.
Y si se vuelven a poner
pesados con lo del rey
que sea el cargo rotado
entre los propios bebés.

Os voy a ser sincero
y para ello
en vez de hablar
escribiré.



TUS PALABRAS Y LAS MÍAS

Existen tus palabras y las mías
pero no nuestras palabras.
Tú dices amor y entiendo te quiero,
yo digo amor y entiendes deseo.
Tú dices te quiero cuando yo deseo.
Yo pienso en sexo cuando hablas de amor
y en hacer el amor cuando hablamos de sexo.
Tú hablas de amor cuando sientes deseo
y dices te quiero cuando el sexo se hace amor.

Existen tus palabras y las mías
y hablamos y discutimos y nos dejamos
con palabras sin gesto de despedida,
nos decimos basta y luego nada.

Existen tus palabras y las mías
aunque me prestes tu piel
aunque mi vida te entregue.
Existen tus palabras y las mías
que se multiplican en silencio
hasta llenarnos la boca toda.

Existen tus palabras
que nombran tus cosas
o califican las otras.
Existen mis palabras para nombrar tu cuerpo
y mis sonidos para decir
no pares.

Existen tus palabras y las mías,
cada uno le pone el punto a su y.
A ti te gusta que te recite bien alto,
a mí que me respires el oído.
A mí me gusta ahogarme en tus besos;
que tú respires el oxígeno de mis pulmones
y yo el carbono de tus huesos.

A mí me gusta escucharte,
a ti estar callada.
A mí me gusta interpretarte
a ti ser la última palabra.

Existen tus palabras y las mías,
yo digo hasta siempre,
tú dices se acabó.
Tú dices hasta luego,
yo por ahí nos vemos.
Tú dices: yo me quedo.
Yo digo encantado
y tú te quiero.

Existen tus palabras y las mías
pero no nuestras palabras.
Yo digo amor y entiendes te quiero,
tú dices amor y entiendo deseo.
Yo digo te quiero cuando tú deseas.
Tú piensas en sexo cuando hablas de amor
y en hacer el amor cuando hablamos de sexo.
Yo hablo de amor cuando siento deseo
y digo te quiero cuando el sexo se hace amor.

Existen tus palabras
desde el teléfono,
las de tus amigas,
las palabras en familia
y las que son para mí
que pudieran ser para otro
y de lo contrario me convencen.

Yo tengo palabras por carne,
toda mi agua son letras
y lloro puntos suspensivos,
tras cada punto final.
Para ti me ordeno
terco y obstinado
de la cabeza a los pies,
hasta decir basta
y luego nada.

Existen tus palabras y las mías
pero no nuestras palabras.
Si pensamos lo mismo
lo expresamos diferente.
Si lo mismo decimos
con diferente sentido.
Así somos: especiales y normales,
tan diferentes y casi iguales.
Lo nuestro son reflejos
de un espejo singular.

Existen tus palabras y las mías
pero no nuestras palabras.
Tú dices amor y entiendo te quiero,
yo digo amor y entiendes deseo.
Tú dices te quiero cuando yo deseo.
Yo pienso en sexo cuando hablas de amor
y en hacer el amor cuando hablamos de sexo.
Tú hablas de amor cuando sientes deseo
y dices te quiero cuando el sexo se hace amor.

Existen tus palabras y las mías
y hablamos y discutimos y nos dejamos
con palabras sin gesto de despedida
nos decimos basta y luego nada.

Existen tus palabras y las mías
lo sé cuando te escucho y no entiendo nada,
cuando te hablo y no me comprendes.
Lo sé y escribo mis palabras
para que las leas con las tuyas.




DESDE SU SEXO HASTA TU CEREBRO

Ella tenía en su boca tu sexo.
Tú besabas en aquel lugar secreto
la guinda dulce de su sabrosa carne caliente.
La besabas como achicando agua de una patera
alucinado, desesperado y casi inconsciente por la temperatura;
sentías dos fuegos que jugaban el juego de perderse en el bosque,
de acabar, tumbados, con la vergüenza del secreto mojado.

Jugaban a desear, a no terminar.
Jugaban a acariciar el placer, a besar el deseo.
Jugaban... a jugar con el sexo del otro.

Tú jugabas ciego con el botón de su electricidad,
borracho de sus fluidos, entregado a la felicidad…
Ella buscaba en tu caja de herramientas
la llave de su puerta para jugar,
y le daba aire y besos y fuerzas,
y te abría y cerraba la ventana
por donde en sueños como éste
mojas la cama de dormir.

De pronto, el placer que Ella te dio
hizo que tu cuello se desplomase
y desde allí, llamando a Dios,
viste en todo su esplendor su sexo,
mojado como un pez, misterioso como el futuro.

Estabas en tu cama,
sus piernas eran tus paredes
y su pelvis tu cielo
cuando un primer contacto húmedo
se mezcló con el sudor de tu frente.
Desde el cielo, sí, desde el cielo
de los que creen en el amor carnal,
una gota llegó para darte el perdón
y abrirte los ojos; luego, una segunda
para que la pudieses contemplar
deslizarse por la vía más corta
desde su sexo hasta tu cerebro.



QUE ME COMAS

Te lamería el clítoris
hasta que la lluvia no cogiese
babando entre tus piernas.
Luego también con la lengua,
llamaría a tu puerta
como si de un timbre se tratase;
primero una vez, luego dos,
y cada vez más rápido
escrbiría una enciclopedia en morse.
Después levantaría la cabeza
para ver tus ojos de cristal,
dominando los gestos descompuestos
de la carne de tu cara.



BUENOS DÍAS

Practicad los buenos deseos,
siempre que podáis, todas las mañanas.
Tened orgasmos
antes de dar los buenos días.



El libro TU PIEDRA MOJADA sale a la venta el 9 de marzo en EDICIONES INTERMITENTES.

martes, 4 de octubre de 2011

GABRIEL CELAYA. ANTOLOGÍA

A Blas de Otero

Amigo Blas de Otero: Porque sé que tú existes,
y porque el mundo existe, y yo también existo,
porque tú y yo y el mundo nos estamos muriendo,
gastando nuestras vueltas como quien no hace nada,
quiero hablarte y hablarme, dejar hablar al mundo
de este dolor que insiste en todo lo que existe.

Vamos a ver, amigo, si esto puede aguantarse:
El semillero hirviente de un corazón podrido,
los mordiscos chiquitos de las larvas hambrientas,
los días cualesquiera que nos comen por dentro,
la carga de miseria, la experiencia —un residuo—,
las penas amasadas con lento polvo y llanto.

Nos estamos muriendo por los cuatro costados,
y también por el quinto de un Dios que no entendemos.
Los metales furiosos, los mohos del cansancio,
los ácidos borrachos de amarguras antiguas,
las corrupciones vivas, las penas materiales...
todo esto —tú sabes—, todo esto y lo otro.

Tú sabes. No perdonas. Estás ardiendo vivo.
La llama que nos duele quería ser un ala.
Tú sabes y tu verso pone el grito en el cielo.
Tú, tan serio, tan hombre, tan de Dios aun si pecas,
sabes también por dentro de una angustia rampante,
de poemas prosaicos, de un amor sublevado.

Nuestra pena es tan vieja que quizá no sea humana:
ese mugido triste del mar abandonado,
ese temblor insomne de un follaje indistinto,
las montañas convulsas, el éter luminoso,
un ave que se ha vuelto invisible en el viento,
viven, dicen y sufren en nuestra propia carne.

Con los cuatro elementos de la sangre, los huesos,
el alma transparente y el yo opaco en su centro,
soy el agua sin forma que cambiando se irisa,
la inercia de la tierra sin memoria que pesa,
el aire estupefacto que en sí mismo se pierde,
el corazón que insiste tartamudo afirmando.

Soy creciente. Me muero. Soy materia. Palpito.
Soy un dolor antiguo como el mundo que aún dura.
He asumido en mi cuerpo la pasión, el misterio,
la esperanza, el pecado, el recuerdo, el cansancio,
Soy la instancia que elevan hacia un Dios excelente
la materia y el fuego, los latidos arcaicos.

Debo salvarlo todo si he de salvarme entero.
Soy coral, soy muchacha, soy sombra y aire nuevo,
soy el tordo en la zarza, soy la luz en el trino,
soy fuego sin sustancia, soy espacio en el canto,
soy estrella, soy tigre, soy niño y soy diamante
que proclaman y exigen que me haga Dios con ellos.

¡Si fuera yo quien sufre! ¡Si fuera Blas de Otero!
¡Si sólo fuera un hombre pequeñito que muere
sabiendo lo que sabe, pesando lo que pesa!
Mas es el mundo entero quien se exalta en nosotros
y es una vieja historia lo que aquí desemboca.
Ser hombre no es ser hombre. Ser hombre es otra cosa.

Invoco a los amantes, los mártires, los locos
que salen de sí mismos buscándose más altos.
Invoco a los valientes, los héroes, los obreros,
los hombres trabajados que duramente aguantan
y día a día ganan su pan, mas piden vino.
Invoco a los dolidos. Invoco a los ardientes.

Invoco a los que asaltan, hiriéndose, gloriosos,
la justicia exclusiva y el orden calculado,
las rutinas mortales, el bienestar virtuoso,
la condición finita del hombre que en sí acaba,
la consecuencia estricta, los daños absolutos.
Invoco a los que sufren rompiéndose y amando.

Tú también, Blas de Otero, chocas con las fronteras,
con la crueldad del tiempo, con límites absurdos,
con tu ciudad, tus días y un caer gota a gota,
con ese mal tremendo que no te explica nadie.
Irónicos zumbidos de aviones que pasan
y muertos boca arriba que no, no perdonamos.

A veces me parece que no comprendo nada,
ni este asfalto que piso, ni ese anuncio que miro.
Lo real me resulta increíble y remoto.
Hablo aquí y estoy lejos. Soy yo, pero soy otro.
Sonámbulo transcurro sin memoria ni afecto,
desprendido y sin peso, por lúcido ya loco.

Detrás de cada cosa hay otra cosa que es la misma,
idéntica y distinta, real y a un tiempo extraña.
Detrás de cada hombre un espejo repite
los gestos consabidos, mas lejos ya, muy lejos.
Detrás de Blas de Otero, Blas de Otero me mira,
quizá me da la vuelta y viene por mi espalda.

Hace aún pocos días caminábamos juntos
en el frío, en el miedo, en la noche de enero
rasa con sus estrellas declaradas lucientes,
y era raro sentirnos diferentes, andando.
Si tu codo rozaba por azar mi costado,
un temblor me decía: «Ese es otro, un misterio.»

Hablábamos distantes, inútiles, correctos,
distantes y vacíos porque Dios se ocultaba,
distintos en un tiempo y un lugar personales,
en las pisadas huecas, en un mirar furtivo,
en esto con que afirmo: «Yo, tú, él, hoy, mañana»,
en esto que separa y es dolor sin remedio.

Tuvimos aún que andar, cruzar calles vacías,
desfilar ante casas quizá nunca habitadas,
saber que una escalera por sí misma no acaba,
traspasar una puerta -lo que es siempre asombroso-,
saludar a otro amigo también raro y humano,
esperar que dijeras -era un milagro-: Dios al fin escuchaba.

Todo el dolor del mundo le atraía a nosotros.
Las iras eran santas; el amor, atrevido;
los árboles, los rayos, la materia, las olas,
salían en el hombre de un penar sin conciencia,
de un seguir por milenios, sin historia, perdidos.
Como quien dice «sí», dije Dios sin pensarlo.

Y vi que era posible vivir, seguir cantando.
Y vi que el mismo abismo de miseria medía
como una boca hambrienta, qué grande es la esperanza.
Con los cuatro elementos, más y menos que hombre,
sentí que era posible salvar el mundo entero,
salvarme en él, salvarlo, ser divino hasta en cuerpo.

Por eso, amigo mío, te recuerdo, llorando;
te recuerdo, riendo; te recuerdo, borracho;
pensando que soy bueno, mordiéndome las uñas,
con este yo enconado que no quiero que exista,
con eso que en ti canta, con eso en que me extingo
y digo derramado: amigo Blas de Otero.

A manera de gallo
Matinal, grita y sangra.
En su garganta seca, vidrios claros le rayan;
en una sombra densa, lo amargo se le ínflama.
Los colores espesos del petróleo, los días
confundidos escapan,
y donde el mundo acaba,
sonoro, rebotando por dentro de sí mismo,
lacerado, perdido, buscándose -enemigo-,
su matanza él prosigue, brillante de delirio.

A veces me figuro que estoy enamorado...
A veces me figuro que estoy enamorado,
y es dulce, y es extraño,
aunque, visto por fuera, es estúpido, absurdo.

Las canciones de moda me parecen bonitas,
y me siento tan solo
que por las noches bebo más que de costumbre.

Me ha enamorado Adela, me ha enamorado Marta,
y, alternativamente, Susanita y Carmen,
y, alternativamente, soy feliz y lloro.

No soy muy inteligente, como se comprende,
pero me complace saberme uno de tantos
y en ser vulgarcillo hallo cierto descanso.

Amante
Un mediodía: un resplandor cuajado.
Las palabras más crueles me arañan hoy los labios
mientras tú, perezosa,
ola lenta, te extiendes sobre arena de días,
elástica, tan densa
de materia de amor con obligado llanto
tan suave en tu contorno,
tan resbalada siempre sobre últimas delicias
que tu piel me disfraza las ruinas de la música:
tu corazón que es dulce, y es sucio, y es perverso,
y se agarra a mi vicio con avidez de valva
blando llora, se arrastra, pegajoso y abierto,
en ese bajo fondo del más denso deseo.

¡Tus pecados antiguos como el mundo, tu pena,
tu abandonada muerte, tu noche, tus placeres,
dulce, dulce mía, imposible, excesiva!


Amor
Vivir es fácil y, a veces, casi alegre.
Esta tarde -mar, pinares, azul-,
suspendido entre los brazos ligerísimos del aire
y entre los tuyos, dulce, dulce mía,
un ritmo palpitante me cantaba:
es fácil y, a veces, casi alegre.

La brisa unía en un mismo latido
nuestros cuerpos, los árboles, las olas,
y nosotros no éramos distintos
de las nubes, los pájaros, los pinos,
de las plantas azules de agua y aire,
plantas, al fin, nosotros, de callada y dulce carne.

La tierra se extasiaba; ya casi era divina
en las nubes redondas, en la espuma,
en este blanco amor que, radiante, se eleva
al suave empuje de dos cuerpos que se unen
en la hierba.

¿Recuerdas, dulce mía, cuando el aire
se llenaba de palomas invisibles,
de una música o brisa que tu aliento
repetía apresurado de secretos?

Vivir es fácil y, a veces, casi alegre.
Contigo entre los brazos estoy viendo
caballos que me escapan por un aire lejano,
y estoy, y estamos, tocando con los labios
esas flores azules que nacen de la nada.

Vivir es fácil y, a veces, casi alegre.
Al hablar, confundimos; al andar, tropezamos;
al besarnos no existe un solo error posible:
resucitan los cuerpos cantando, y parece
que vamos a cubrirnos de flores diminutas,
de flores blancas, lo mismo que un manzano.

Dulce, dulce mía, ciérrame los ojos,
deja que este aire inunde nuestros cuerpos;
seamos solamente dos árboles temblando
con lo mismo que en ellos ha temblado esta tarde.
Vivir es más que fácil: es alegre.
Por caminos difíciles hoy llego
a la simple verdad de que tú vives.
Sólo quiero el amor, el árbol verde
que se mueve en el aire levemente
mientras nubes blanquísimas escapan
por un cielo que es rosa, que es azul, que es
gris y malva,
que es siempre lo infinito y no comprendo,
ni quiero comprender porque esto basta:
¡amor, amor! , tus brazos y mis brazos
y los brazos ligerísimos del aire que nos lleva,
y una música que flota por encima,
que oímos y no oímos,
que consuela y exalta:
¡amor también volando a lo divino!


Amor de hombre
Mi estricta voluntad, mi punta seca
que está domando en ella
oceánicas pasiones y rumores antiguos. El cauterio que aplico
a esa llaga amorosa que, sin forma, palpita.
Si hiero, mato, engendro.
(Su exánime sonrisa me conmueve y me excita.)
Si la acaricio, mido,
sujeto sus equívocos y todas
las suavidades sumas que a la nada convidan.
Hasta que al fin, en sangre,
en su sólo sí misma,
en mi ir traspasando mis propios sentimientos,
la obtengo, mato, muero.

Amparo-Eszbá
Indecisa y cambiante, ¿eres amor o muerte?
¡Ay, ven, Amparo-Ezbá, que te estoy esperando!
Es la palpitación de origen quien podría
acogerte, y besarte, y ofrecerte un refugio
caliente de jazz-hot y trances convulsivos
como, cuando bailando, se pierde la conciencia.
Ven tú, amorosa, ven como la noche crece,
deseo sin objeto, tú que eres el no-objeto
y el placer imposible que en el límite busca
infinitudes ciegas. ¡Ay, no-tú, Ezbá, no-sí,
sí, ven, Ezbá, indecisa, transparente, inasible,
temblorosa de luces, soñadora, engañosa,
tú, tejido del iris, centelleo, sonrisa
hasta mi dulce llanto y a esos gritos salvajes
que no son el amor, o sí son, o al no ser
te llaman desde el centro del tornasol nocturno,
tiránica, traviesa, fascinante, escapada,
y niña, y absorbente como un vórtice suave,
y riendo, riendo, mortal como un pecado
que no existe mas haces con tu burla que exista,
tan cruel, encantadora, pasajera, incitante,
que líquida, impalpable, movimiento sin móvil,
descubres, deshuesada, la santa realidad!
Entonces flota el mundo casi feliz, dudoso,
y el recuerdo anochece lentísimo en la brisa.
Y tú, nunca creída, y tú, siempre sabida,
te ofreces para nada, te niegas para más,
como un antiguo ensalmo y un susurro al oído,
cuando ya todo duerme, y tú casi nos hablas,
o nos cantas, nos rezas, entonteces con nanas.
¡Oh tú, dime quién eres! ¡Oh Ezba, dime si existes!

Apasionadamente
¡Y tanto, y tanto te amo
que mis palabras mueren
en un rumor de besos sin descanso!
¡Y tanto todavía que mis manos
no te hallan al tocarte!
¡Tanto y tan sin descanso,
que fluyo, y fluyo, y fluyo,
y es solamente llanto!

Aquí están todas las rosas encarnadas del deseo...
¡Aquí están todas las rosas encarnadas del deseo!
Allí la luna, callada,
blanca y estéril, mirando,
espejo vuelto a sí mismo,
su perfección de narciso:
soledad en aguas blancas
de lo blanco quieto y frío.
Dura o sin sangre, tranquila,
de está mirando a sí misma,
mientras rosas encarnadas,
pulpa y amor, carne viva,
bajo una brisa caliente
se desmayan de delicia.
Con los ojos en la luna,
bajo los pies, rosas rojas,
estoy esperando, quieto,
que tú, que yo mismo venga
sigiloso por la espalda,
con la sorpresa de un beso
blanco y verde de silencio,
que tú, que yo mismo venga
con un beso
muerto de puro perfecto.

Cerca y lejos
Más allá del pecado,
indecible, te adoro,
y al buscar mis palabras
sólo encuentro unos besos.
En el pecho, en la nuca,
te quiero.
En el cáliz secreto,
te quiero.
donde tu vientre es combo,
fugitiva tu espalda,
oloroso tu cuerpo,
te quiero.


Como un ave
Un ciervo delicado,
un aire largo,
una forma sonora entre los labios:

tal palabra no dicha...,
así deriva
la sangre acariciando las orillas.

Ese poco de sombra palpitando,
esa manzana
en la ardiente blancura del verano,

tal corazón en el aire,
tales islas cerradas
en la pausa remota de los más claros mares,

y esa luz, esa luz que es tan suave,
esa dulce carena
que resbala en las olas redondas una nave,

ese silencio pasa,
esa paz, la caricia
con larga forma de ave.


Cuéntame cómo vives, cómo vas muriendo
Cuéntame cómo vives;
dime sencillamente cómo pasan tus días,
tus lentísimos odios, tus pólvoras alegres
y las confusas olas que te llevan perdido
en la cambiante espuma de un blancor imprevisto.

Cuéntame cómo vives;
ven a mí, cara a cara;
dime tus mentiras (las mías son peores),
tus resentimientos (yo también los padezco),
y ese estúpido orgullo (puedo comprenderte).

Cuéntame cómo mueres;
nada tuyo es secreto:
la náusea del vacío (o el placer, es lo mismo);
la locura imprevista de algún instante vivo;
la esperanza que ahonda tercamente el vacío.

Cuéntame cómo mueres;
cómo renuncias -sabio-,
cómo -frívolo- brillas de puro fugitivo,
cómo acabas en nada
y me enseñas, es claro, a quedarme tranquilo.


De noche
Y la noche se eleva como música en ciernes,
y las estrellas brillan temblando de extinguirse,
y el frio, el claro frío,
el gran frío del mundo,
la poca realidad de cuanto veo y toco,
el poco amor que encuentro,
me mueven a buscarte,
mujer, en cierto bosque de latidos calientes.

Sólo tú, dulce mia,
dulce en los olores de savia espesa y fuerte,
sin palabras, muy cerca, palpitando conmigo,
sólo tú eres real en un mundo fingido;
y te toco, y te creo,
y eres cálida y suave matriz de realidades,
amante, hermana,- madre,
o peso de la tierra que sólo en ti acaricio,
o presencia que aún dura cuando cierro los ojos,
fuera de mí, tan bella.

Dedicatoria final
Pero tú existes ahí. A mi lado. ¡Tan cerca!
Muerdes una manzana. Y la manzana existe.
Te enfadas. Te ríes. Estás existiendo.
Y abres tanto los ojos que matas en mí el miedo,
y me das la manzana mordida que muerdo.
¡Tan real es lo que vivo, tan falso lo que pienso
que -¡basta!- te beso!
¡Y al diablo los versos,
y Don Uno, San Equis, y el Ene más Cero!
Estoy vivo todavía gracias a tu amor, mi amor,
y aunque sea un disparate todo existe porque existes,
y si irradias, no hay vacío, ni hay razón para el suicidio,
ni lógica consecuencia. Porque vivo en ti, me vivo,
y otra vez, gracias a ti, vuelvo a sentirme niño.


Delicia
Todas las acacias se habían vuelto locas.
Un temblor de hojas leves pasaba por los labios;
y el mundo era sencillo;
y nunca más extraño;
y nunca más hermoso.

Su cuento era mi cuento;
su fábula, mi dulce
de la mano con un niño perdido
marcharme e ir contando distancias (así empiezan los cuentos)
o descansar, oyendo
cómo fluye por dentro de los mundos la nada
con dulces criaturas de ojos vivos
entre árboles líquidos y cabezas de aurora.


Descanso
Con ternura, con paz, con inocencia,
con una blanda tristeza o el cansancio
que viene a ser un perro fiel que acariciamos,
estoy sentado en mi sillón y soy feliz,
y soy feliz
porque no siento la necesidad de pensar algo preciso.

Con una fatiga que no es un desengaño,
con un gozo que no alienta esperanzas,
estoy en mi sillón, y estoy
en algo que quizás sólo es amor.

Sé que floto
y nada me parece sin embargo indiferente;
sé que nada me alegra ni me duele
y que sin embargo todo me enternece;
sé que eso es el amor,
o que quizá solamente es un dulce cansancio;
sé que soy feliz
porque no siento la necesidad de pensar algo preciso.


Desde lo informe
Un dulce llanto espeso,
una delicia informe,
materia que me envuelve y sofoca en magnolias,
suave silencio oscuro,
aliento largo y blando.
Las caricias se espesan
(me derramo por ellas),
y voy por el jardín secreto, murmurando,
y, al tocarte, me asombro de que tengas un cuerpo,
y al alzar la cabeza,
las estrellas me asustan con su dura fijeza.


Deseada
Deseada, ¡tan suave!,
confín donde resbalo.
¡Oh siempre un poco ausente,
suspendida en la nada!
¿Son tus ojos dulces?
No, que está turbado
tu mirar brillante
de anhelos contrarios.
Yo te amo, te amo, te amo,
todo lleno de alas tempestuosas,
y de garras, de furias,
de dolor, por abrirme.
¡Oh, tenme en tu sonrisa,
en tu sombra, en lo leve
de tu mano impalpable!
¡Tenme en tu caricia!
¿A qué llamas cambiando?
¿Qué me pides furtiva?
¡Oh tú, siempre ignorada,
tú siempre antigua y nueva!
Ven más cerca. No temas.
Tu mano tibia tiembla,
tu cintura se atreve
con sobresaltos, mía. ¡Mía, deseada!
Y aún sonríes con ojos
inocentes y raros.
¡Oh, dime! ¿Qué sugieren
tus ojos arcaicos?
Cabelleras, torrentes,
músicas perdidas,
corazón: esa ave
que, cogida, tiembla.
Y tú, esquiva, flotando
desnuda, lenta y suave.
Tú, chiquita, huida
en un cielo sin nadie.
¡Oh dime, deseada,
cómo hay que abrazarte
mientras tu boca expira
en la mía, sin habla!
Di si tu remota
belleza en tu cuerpo
puedo yo apresarla.
Puedo así matarte.
Deseada, ya basta.
Deseada, no puedo.
Deseada, tú quieres
que yo muera contigo.

Despedida
Quizás, cuando me muera,
dirán: Era un poeta.
Y el mundo, siempre bello, brillará sin conciencia.

Quizás tú no recuerdes
quién fui, mas en ti suenen
los anónimos versos que un día puse en ciernes.

Quizás no quede nada
de mí, ni una palabra,
ni una de estas palabras que hoy sueño en el mañana.

Pero visto o no visto,
pero dicho o no dicho,
yo estaré en vuestra sombra, ¡oh hermosamente vivos!

Yo seguiré siguiendo,
yo seguiré muriendo,
seré, no sé bien cómo, parte del gran concierto.


Edificación
He roturado sendas. He derribado troncos.
Los pinos, heridos, olían en vivo
y un sol rojo venia rastreando nuestra hondura
mortal, sobre las landas.

Diminutas orejas en la madera escuchan
su lento crecimiento secular y cansado;
diminutas, mis manos han empuñado el hacha.
Combatiente, me erguían en un claro de tierra.

He derribado troncos. He roturado sendas.
Eso es la Cultura: comabte duro, heroico.
Hay sol rojo, materia, y yo en Dios me edifico,
y el árbol tempestuoso de mi sangre derribo.

Égloga
Rubio, fuerte, manso,
triste sin melancolía
como el mediodía,
lento como la tierra,
toscas las manos que parten
el pan y abarcan el seno
maternal de Ceres,
Menalcas apacienta sus grandes vacas rojas
frente al mar: estupor
de luz en la inmensidad.
¡Oh mar, oh campo, oh bestias!
¡Oh siesta, pesadumbre
del cuerpo poderoso que, ahora, inerte,
se cubre como de una enfermedad de cantos
monótonos y vagos,
mientras la tierra sueña,
muge lenta
como una vaca triste que esperara
la fecunda inquietud de las estrellas,
la sagrada
palpitación escondida,
el amante
nocturno que no dice su nombre!

El niño que ya no soy
Logré el uso de razón.
Perdí el uso del misterio.
Desde entonces, la evidencia,
siempre rara, me da miedo.

Me da miedo cuando ladra
en la perrera mi perro.
Quizá me esté saludando.
Mas no lo entiendo. No entiendo.

El niño que fui recuerda.
Me trabaja como un hueco.
El niño que fui me llama
a gritos con su silencio.

Me he mirado en mis retratos,
de marinera, riendo
con rizos rubios y un aire
impertinente y despierto.

¿Quién eras tú? ¿Qué sabías?
Ahora sólo siento sueño.
Me aturde tu desafío
y tu risa me da miedo.

Ya no puedo, sin romperlos,
atravesar los espejos.
Mi sistema no funciona
como solía. Lo siento.

Si funcionara, quizá
no escribiría estos versos.
Lloraría de otro modo.
Lo diría todo en perro.

Pero me creo que soy
algo más que un niño muerto,
y como estoy medio calvo
me hago bucles con mis versos.


El toque delicado
Si toco en mi dolor, todo lo siento
mío, mío, perdido vagamente.
Si toco en el dolor mas de repente
me vuelvo a las estrellas y a lo bello,
yo siento el corazón que aquí me quema
como un mero detalle en el sistema.


En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata...
En el fondo de la noche tiemblan las aguas de plata.
La luna es un grito muerto en los ojos delirantes.
Con su nimbo de silencio
pasan los sonámbulos de cabeza de cristal,
pasan como quien suspira,
pasan entre los hielos transparentes y verdes.
Es el momento de las rosas encarnadas y los puñales de acero
sobre los cuerpos blanquísimos del frío.

En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio;
los hombres gritan tan alto que solo se oye la luna.

Es el momento en que los niños se desmayan sobre los pianos,
el momento de las estatuas en el fondo transparente de las aguas,
el momento en que por fin todo parece posible.
En el fondo de la noche tiembla el árbol del silencio.

Decidme lo que habéis visto los que estabais con la cabeza vuelta.
La quietud de esta hora es un silencio que escucha,
el silencio es el sigilo de la muerte que se acerca.
Decidme lo que habéis visto.
En el fondo de la noche
hay un escalofrío de cuerpos ateridos.


En ti termino
Este objeto de amor no es un objeto puro;
es un objeto bello, y creo que eso basta.
Bellos son sus brazos, sus hombros, sus senos;
bellos son sus ojos (¡y qué bien me mienten!)
Deseable, me engaña, o furtiva, resbala
suave, suavemente, con física dulzura,
o gravita hacia un centro más secreto que el alma;
o duele con un fuego más real que el cariño.
Si la beso, no hablo; si la toco, no creo;
y me quedo callado mirándola muy cerca,
o me duermo en sus brazos, o me muero en su espasmo,
y en aniquilarme hallo cierto descanso.


España en marcha
Nosotros somos quien somos.
¡Basta de Historia y de cuentos!
¡Allá los muertos! Que entierren como Dios manda a sus muertos.

Ni vivimos del pasado,
ni damos cuerda al recuerdo.
Somos, turbia y fresca, un agua que atropella sus comienzos.

Somos el ser que se crece.
Somos un río derecho.
Somos el golpe temible de un corazón no resuelto.

Somos bárbaros, sencillos.
Somos a muerte lo ibero
que aún nunca logró mostrarse puro, entero y verdadero.

De cuanto fue nos nutrimos,
transformándonos crecemos
y así somos quienes somos golpe a golpe y muerto a muerto.

¡A la calle! que ya es hora
de pasearnos a cuerpo
y mostrar que, pues vivimos, anunciamos algo nuevo.

No reniego de mi origen
pero digo que seremos
mucho más que lo sabido, los factores de un comienzo.

Españoles con futuro
y españoles que, por serlo,
aunque encarnan lo pasado no pueden darlo por bueno.

Recuerdo nuestros errores
con mala saña y buen viento.
Ira y luz, padre de España, vuelvo a arrancarte del sueño.

Vuelvo a decirte quién eres.
Vuelvo a pensarte, suspenso.
Vuelvo a luchar como importa y a empezar por lo que empiezo.

No quiero justificarte
como haría un leguleyo,
Quisiera ser un poeta y escribir tu primer verso.

España mía, combate
que atormentas mis adentros,
para salvarme y salvarte, con amor te deletreo.

Fecundación
Y si yo te toco, tú eres lo que eres;
y si no te toco,
tú, tranquila, duermes.
Tú, conmigo, todo;
tú, sin mi, perdida;
tú, mujer conmigo,
nada si no nombro.
Y si yo te toco,
palmera que crece,
sonrisas abiertas
que, meciendo, envuelven.
Y si no te toco,
dulzura que pesa,
caes en tu silencio
densamente lenta.


Hasta la muerte
En el paisaje oscuro
oigo tu voz, tu voz,
tu larga voz de espesas
caricias resbaladas,
mojadas y olorosas.
La noche me suspende
en un vuelo pausado
e, inmóvil, pone en vilo
lo que el hombre no entiende:
tu voz, tu voz querida
hundiéndome en lo ausente.
Uno cierra los ojos
(¡me da miedo mirarte!);
uno tiende las manos
-aves heridas y leves-,
y en sus raíces siente
que tú eres y no eres.


La eternidad
La eternidad sólo era
Música de silencios
Y armonía de esferas.

Los ángeles,
Inocentes y crueles,
Pulsaban los resortes aléctricos
Del amor y la muerte.

Sus manos de crital flotaban
En las aguas de las arpas
Y sus ojos sin mirada
Se perdían en los cielos incoloros.

Los ángeles
Jugaban al ajedrez imperturbables,
Movían cartabones y compases,
Tablas de logaritmos,
Magias,
Teorías,
Claves.

Y envueltos en el nimbo celeste
De estas matemáticas ingenuas y tristes
Pronunciaban palabras sin sentido
Con una voz solemne.


La fábula del río
La fábula del río (aquel anciano
de largas barbas verdes, húmedas y antiguas),
la fábula del aire luminoso
(espanto que encabrita los caballos),
la fábula primera en las orillas
de cierta desnudez que el agua siempre anuncia,
escuchaba yo, niño de arcilla roja y tierna.

Escuchaba. La escucho.
Me invades, ¡oh gran voz de una informe presencia!
te siento por mis labios, levantándome, vaga;
te llamo río o veo
maravillosos mundos que sólo son palabras
mientras la calma augusta desciende con la siesta,
y hay juncos, y pereza, blando barro caliente.
¡Mitologías posibles! ¡Infancia mía indemne,
antigua como el mundo y hoy, de pronto, presente!

La noche viene desnuda...
La noche viene desnuda:
senos de luna,
guantes morados.
Con los brazos en alto
ya la estoy esperando.
¡Qué cerca de mi oído
enmudecen sus labios!
¡Amor, amor!
La muerte
me está besando.


La rosa
Es la rosa, risa, rabia;
y en la pompa, encarnada; blanquísima, en la gracia;
y es un torrente loco de cifras arbitrarias:
mil millones, cien ceros,
cascadas de la gloria,
Querubines y Tronos que se ensanchan cantando.

Se desliza, entre tanto, por los filos un miedo,
un largo y manso llanto
que derrumba, insensible, los momentos cuajados
y -lisa lengua- arrastra
su fatiga de siglos húmedos y espesos,
violetas podridas y penas maceradas.

Lo que enciende la rosa,
lo que destruye, abrasa,
lo que engaña y no puede tocarse, pero brilla,
su alegría encarnada,
su muerte deslumbrante,
su apariencia me basta para hacerme dichoso.


Instantanea

(Alderdi-Eder, 19 febrero, 4 tarde)

Tamarindos desnudos perfilados
contra el puro posible de la niebla.

Callando, se oye el mar que rompe lento
en las playas remotas de otros mundos.

Suspenso, el corazón guarda un secreto,
vive allí donde ya no es solo mío.

¡La pura posesión, la nada pura
en lo alto de un latido que no vuelve!


La poesía es un arma cargada de futuro
Cuando ya nada se espera personalmente exaltante,
mas se palpita y se sigue más acá de la conciencia,
fieramente existiendo, ciegamente afirmando,
como un pulso que golpea las tinieblas,

cuando se miran de frente
los vertiginosos ojos claros de la muerte,
se dicen las verdades:
las bárbaras, terribles, amorosas crueldades.

Se dicen los poemas
que ensanchan los pulmones de cuantos, asfixiados,
piden ser, piden ritmo,
piden aquella ley para aquello que sienten excesivo.

Con la velocidad del instinto,
con el rayo del prodigio,
como mágica evidencia, lo real se nos convierte
en lo idéntico a sí mismo.

Poesía para el pobre, poesía necesaria
como el pan de cada día,
como el aire que exigimos trece veces por minuto,
para ser y en tanto somos dar un sí que glorifica.

Porque vivimos a golpes, porque apenas si nos dejan
decir que somos quien somos,
nuestros cantares no pueden ser sin pecado un adorno.
Estamos tocando el fondo.

Maldigo la poesía concebida como un lujo
cultural de los neutrales
que, lavándose las manos, se desentienden y evaden.
Maldigo la poesía de quien no toma partido hasta mancharse.

Hago mías las faltas. Siento en mí a cuantos sufren
y canto respirando.
Canto, y canto, y cantando más allá de mis penas
personales, me ensancho.

Quiero daros vida, provocar nuevos actos,
y calculo por eso con técnica, qué puedo.
Me siento un ingeniero del verso y un obrero
que trabaja con otros a España en sus aceros.

Tal es mi poesía: poesía herramienta
a la vez que latido de lo unánime y ciego.
Tal es, arma cargada de futuro expansivo
con que te apunto al pecho.

No es una poesía gota a gota pensada.
No es un bello producto. No es un fruto perfecto.
Es algo como el aire que todos respiramos
y es el canto que espacia cuanto dentro llevamos.

Son palabras que todos repetimos sintiendo
como nuestras, y vuelan. Son más que lo mentado.
Son lo más necesario: lo que tiene nombre.
Son gritos en el cielo, y en la tierra, son actos.


Las metamorfosis
Al cambiar, me aproximo;
al morir, te adivino,
dios total que persiguen sentimientos informes.

¡Oh dios, dios, nimbo!,
forma tibia latiendo contra el pecho,
peso redondo del toro o de la aurora,
y en mi sangre, secreto,
y en esta sombra, lento,
dulce como morir por los nombres del agua,
por la posible espuma,
la presentida salva
de rosas inmediatas que saltan de sí mismas
y gritan, gritan blancas,
gritan color del aire,
y, sucesivas, gritan y cambian en sí mismas
como un dios cuando parece que se oculta,
como la luz se irisa.

Más allá del pecado
Más allá del pecado,
indecible te adoro,
y al buscar mis palabras,
sólo encuentro unos besos.

Donde tu vientre es combo,
fugitiva tu espalda,
oloroso tu cuerpo,
te quiero.

En el pecho, en la nuca,
te quiero.
En el cáliz secreto,
te quiero.

Cuando el volcán refulge,
y arde lava en la noche,
en tu montaña ardiente,
te quiero.

Más allá de la muerte,
extraño me reavivo,
y al tomarte desnuda
sólo brasas alumbro.

En el pecho, en la nuca,
te quiero.
En el cáliz secreto,
te quiero.

Más allá del pecado
indecible te adoro,
y al buscar mis palabras,
sólo encuentro unos besos.



Masa oscura de llanto
Masa oscura de llanto,
llamando en el vacío remoto y obstinado;
dime tú, nocturno,
dime entre maraña de gritos tu abandono;
di las olas negras y lentas de otra orilla,
y, llanto, sordo llanto,
que, volviendo, murmuras, corazón agolpado
-sofocada magnolia de carne densa y dulce-;
dime, di, nocturno,
pronuncia la palabra de labios apretados,
conjúrame esta angustia
llenando ese vacío que un día y otro abren,
y un día y otro, huecos,
murmuran, corazón, llanto, tarde, mi angustia,
masa oscura latiendo.


Matinal
Un hombre; los caminos;
el viento sin sonido del destino;
y andar libre y ligero entre tormentas
magnéticas y secas.

Se multiplican, crecen,
y, sucesivos, vienen con espuma y clamores
confusiones, muchachas, reposos dulces, largas
cabelleras de llanto que le envuelven temblando.

Frente a un mundo en delirio, él se afirma en su paso.
No acaricia, no duda.
Su soledad heroica
no es un irse perdido por los limbos cantando.

Contempla las montañas en su fuerza y su calma
contempla la mañana pausada y luminosa;
respira, y le parece
que su boca bebe de Dios directamente.

¡Qué cierto, en su absoluto
de gloria y resplandor, el cielo abierto!
¡Qué ciertas, en su calma,
las cosas como son, que son, y basta!


Melodía
Tacto, tibio silbo
que, adelgazado, escapa por lo espeso triunfante,
y aquí tú, melodía,
divina corza inmóvil del otoño en el Norte;
tú, temblor transparente de los tilos desnudos,
mi vida delicada.

Mientras cerca, una lenta fatiga va ensanchando
su olor a flores muertas
y -cabellera- caen, macilentos, los días
amarillos con gusto de papeles mascados,
¡oh tú, con gesto leve,
sencilla, soberana,
la apartas y me ofreces tu incólume sonrisa,
tu siempre primer día,
divina corza inmóvil, melodía!

Momentos felices
Cuando llueve, y reviso mis papeles, y acabo
tirando todo al fuego: poemas incompletos,
pagarés no pagados, cartas de amigos muertos,
fotografías, besos guardados en un libro,
renuncio al peso muerto de mi terco pasado,
soy fúlgido, engrandezco justo en cuanto me niego,
y así atizo las llamas, y salto la fogata,
y apenas si comprendo lo que al hacerlo siento,
¿no es la felicidad lo que me exalta?

Cuando salgo a la calle silbando alegremente
--el pitillo en los labios, el alma disponible--
y les hablo a los niños o me voy con las nubes,
mayo apunta y la brisa lo va todo ensanchando,
las muchachas estrenan sus escotes, sus brazos
desnudos y morenos, sus ojos asombrados,
y ríen ni ellas saben por qué sobreabundando,
salpican de alegría que así tiembla reciente,
¿no es la felicidad lo que siente?

Cuando llega un amigo, la casa está vacía,
pero mi amada saca jamón, anchoas, queso,
aceitunas, percebes, dos botellas de blanco,
y yo asisto al milagro --sé que todo es fiado--,
y no quiero pensar si podremos pagarlo;
y cuando sin medida bebemos y charlamos,
y el amigo es dichoso, cree que somos dichosos,
y lo somos quizá burlando así a la muerte,
¿no es felicidad lo que trasciende?

Cuando me he despertado, permanezco tendido
con el balcón abierto. Y amanece: las aves
trinan su algarabía pagana lindamente:
y debo levantarme, pero no me levanto;
y veo, boca arriba, reflejada en el techo
la ondulación del mar y el iris de su nácar,
y sigo allí tendido, y nada importa nada,
¿no aniquilo así el tiempo? ¿No me salvo del miedo?
¿No es felicidad lo que amanece?

Cuando voy al mercado, miro los abridores
y, apretando los dientes, las redondas cerezas,
los higos rezumantes, las ciruelas caídas
del árbol de la vida, con pecado sin duda
pues que tanto me tientan. Y pregunto su precio,
regateo, consigo por fin una rebaja,
mas terminado el juego, pago el doble y es poco,
y abre la vendedora sus ojos asombrados,
¿no es la felicidad lo que allí brota?

Cuando puedo decir: el día ha terminado.
Y con el día digo su trajín, su comercio,
la busca del dinero, la lucha de los muertos.
Y cuando así cansado, manchado, llego a casa,
me siento en la penumbra y enchufo el tocadiscos,
y acuden Kachaturian, o Mozart, o Vivaldi,
y la música reina, vuelvo a sentirme limpio,
sencillamente limpio y, pese a todo, indemne,
¿no es la felicidad lo que me envuelve?

Cuando tras dar mil vueltas a mis preocupaciones,
me acuerdo de un amigo, voy a verle, me dice:
"Estaba justamente pensando en ir a verte."
Y hablamos largamente, no de mis sinsabores,
pues él, aunque quisiera, no podría ayudarme,
sino de cómo van las cosas en Jordania,
de un libro de Neruda, de su sastre, del viento,
y al marcharme me siento consolado y tranquilo,
¿no es la felicidad lo que me vence?

Abrir nuestras ventanas; sentir el aire nuevo;
pasar por un camino que huele a madreselvas;
beber con un amigo; charlar o bien callarse;
sentir que el sentimiento de los otros es nuestro;
mirarse en unos ojos que nos miran sin mancha,
¿no es esto ser feliz pese a la muerte?
Vencido y traicionado, ver casi con cinismo
que no pueden quitarme nada más y que aún vivo,
¿no es la felicidad que no se vende?


Morir
¡Ay tú, siempre lejana!
(Tu cuerpo poseído
me parece aún intacto.)
¡Ay, tu sonrisa esquiva!
¡Ay, tus palabras vagas!
Todo tan sin sentido
(adorable, imposible!)
que no eres tú, no es nada,
es la nada lo que amo
revestida de luces
que en suave piel resbalan.
Desnúdate, ¿qué importa?
Ya sólo sé morirme
y no mirarte. Canto
cierto nácar cambiante,
deseo con mil nombres
que aquí brilla variando,
ternura, o llanto, o dicha,
o -querida, querida, querida-
no saber qué se dice,
morir tu misma muerte,
rozarte así imposible.


Mujer
Esas nubes amadas se hacen al fin estatuas.
Si acaricio, doy forma
y, en el azul, desnuda como una diosa antigua,
estás tú, solo bella.

Mas si viene la noche,
si una brisa te envuelve dulcemente asfixiante,
vuelves al mar confuso donde tornaste origen,
ola fresca y sonora que rompe alegremente,
toda rubia, y luego
ancha y derrarnada
como una madre llega ya al fin de las palabras,
sonríe piadosa.

Ni más ni menos
Son tus pechos pequeños,
son tus ojos confusos,
lo que no tiene nombre
y no comprendo, adoro.
Son tus muslos largos
y es tu cabello corto;
lo que siempre me escapa
y no comprendo, adoro.
Tu cintura, tu risa,
tus equívocos locos,
tu mirada que burla
y no comprendo, adoro.
¡Tú que estás tan cerca!
¡Tú que estás tan lejos!
Lo que beso, y no tengo,
y no comprendo, adoro.


Ninfa
Se detiene en el borde del abismo y escucha,
viniendo desde el fondo, rampante, dulce, densa,
una serpiente alada, una música vaga.

Escapa por la suave pereza de su carne
que en el fondo era fango,
era ya tibia, y lenta, y latente, y sin forma;
era como el dios de gran barba dormido
junto al río en la siesta,
junto a ella en la noche
carnal y sofocada de.junio con olores.

Y escucha temblorosa,
apaga una tras otra penúltimas preguntas,
y duerme, se hunde, duerme
en brazos de un gran dios de pelo duro y rojo,
divino Pan: un dios
hecho bestia que huele.

Penúltimas palabras
Mientras las estrellas brillan temblorosas,
te diré una palabra sencilla y antigua,
palabra siempre dicha, pero nunca entendida,
palabra que tan sólo de tú a tú comprendemos:
Te amo.
La noche vasta ensancha tu dulce presencia.
Secretamente te hablo retorciendo mi angustia.
Secretamente sufro por algo prohibido
y es sencillo y terrible como tú si me miras:
Te amo.
La muerte sólo brilla con tranquilas estrellas.
Sus párpados son lentos; su silencio es antiguo;
sus manos que no tocan me adivinan en sombra;
su gloria es un secreto.
Regia amante nocturna de senos glaciales,
cielo de la hermosura más allá de mi dicha
y mi amor, y mi canto, y mi vuelo más loco,
¡también yo he de callarme!

Perdido de amor
La fatiga, la inmensa
fatiga de los días repetidos.
(Toda alegría supone
algo de heroísmo.)
Admirable enemiga,
de ti nazco sufriendo.
(Arder: Así me miento
un alma iluminada.)
Y vivo de la muerte
que me das sonriendo,
y muero en la dulzura
de tu vago silencio.
Amada, amada mía,
alta llama en el tiempo,
tú creas melodías
con pausas y secretos.
Y el hastío se alarga
de pronto en formas dulces,
y los días se nombran
según un sentimiento.

Porque sí
Pececito esquivo,
caballito que monto,
delicia que no nombro,
y quiero, quiero, quiero.
Cuando te beso, acierto;
cuando te toco, creo;
si te acaricio mido
mi infinito deseo.
Mas te prolongas lejos;
eres más, eres lo otro,
lo que nunca apreso
aunque te toco y beso.
siempre un poco esquiva,
siempre resbalada,
tú, que nunca entiendo,
y quiero, quiero, quiero.

Posesión
Si el sol sale, zumba, truena
como un dios antiguo de la luz poderosa,
hermoso, con sus barbas floridas y sus muslos
morenos, duros, recios,
también yo soy mujer,
también me abro en espasmo, pues eso es hacer versos:
llorar mientras resbalo por caricias y ríos
de sombra espesa y dulce.


Primer día del mundo
Lo proclama la lluvia en primavera,
los bosques resonando,
el canto que se alarga en corazón sin forma,
y el mar, el mar, el mar
que golpea con pausa solemne la nada.
Los proclaman en playas sin gemido y sin viento,
las olas siempre solas,
las olas que se forman como nacen los mundos,
su atmósfera de origen,
su retumbo viniendo por el cóncavo espacio.

Unos labios ausentes en la orilla invocaban
los nombres de los dioses, los nombres de las cosas,
y ya casi sonaban,
soñaban contra el mundo,
toro que estrangulan largas melodías.

¡Oh voz innumerable! -corazón, corazón-,
dentro de mí desatas las olas sin destino,
la nada pura y libre,
el aire limpio y vivo,
la alegría terrible de unos dioses marinos.


¿Quién eres?
Con cambiarte de traje, te cambio también de alma.
( No adivinas mi angustia. No sé casi quién eres. )
Si te revuelvo el pelo tú ríes locamente
mientras a mí me duele sentirte tan informe.
Tanto puedo variarte que no sé ya que quiero.
Tú puedes serlo todo. Tú eres la misma nada.
Y te ríes, y acaso, si tus labios me buscan
son solo una medusa de silencio anhelante.


Salpicada de espuma, de salitre...
Salpicada de espuma, de salitre,
desnuda, desde el mar,
viene gritando:
La vida, sí, la vida misma:
¡Un delirio por los prados!
Desde mi ventana blanca,
con los brazos extendidos,
la estoy llamando con voces
de un ardor desmelenado.
Salpicada de espuma, de salitre,
desnuda, por los campos,
va gritando.
¡La vida, sí, la vida misma!
Pálido y alto, callado,
la mira pasar llorando.


Siembra
Revientan las simientes de blancura encerrada
y, en mis dedos, se enredan sus largos filamentos,
su inacabable urdimbre de posibles concretos.

Nuestros pasos se siguen.
Y el amor, y los días
con pies pequeños cuentan los granos escondidos
que caen con ancho brillo,
con ancho olor a campo,
con ancho femenino y verde rubio.


Silbo
Delicia azul del silbo que me escapa, tan dulce,
en ese bosque antiguo;
o, prosiguiendo, lenta
extensión de caricias en la carne secreta.

Las ramas sobre el río y ese poco de sombra
(mi corazón descansa);
las suavidades sumas de un agua que se estira
(o se comba: delicia).

¡Qué mundo antiguo y cierto,
pequeñito, viviendo
dentro de mí su vida,
su río, bosque o silbo!

Mi corazón lo calla;
pero el bosque, si canto, prolonga mi dulzura,
y el río, mis palabras,
y el silbo, el lento azul de un mundo pensativo.

Tau-l
La bonita mentira de cada día
no engaña a nadie, pero ayuda a vivir, y exalta.
No pido más.

Amanece inundando.
Los pájaros cantores
cierran los circuitos eléctricos del día.
¡Es la belleza, es la vida!
La cabeza se enciende como una bombilla
a unos doscientos voltios de normal poesía.
¿Es la belleza? No sé.
Es el mundo habitual de la pereza
donde mis números sirven,
mis distancias miden,
mis ideas cuentan,
no se funde el aparato que en mí versifica.
¿Es la vida?
Sé que hay otra
más real, más escondida, menos mía,
pero ésta es mi alegría, mi mentira,
y los átomos me dejan de momento
que viva en mi fantasía,
es decir, en lo vulgar
del día que es tan sólo un cada día
sin más, normal,
fabulosamente real.


Tú que solo eres tú
Mi vicio, mi locura, mi alegría,
¡todavía muchacha!
Mi nunca suficientemente amada,
cámbiame los ojos si así quieres,
pónmelos de ira.
Es lo mismo. Me das vida.


Tus gritos y mis gritos en el alba...
Tus gritos y mis gritos en el alba.
Nuestros blancos caballos corriendo
con un polvo de luz sobre la playa.
Tus labios y mis labios de salitre.
Nuestras rubias cabezas desmayadas.
Tus ojos y mis ojos,
tus manos y mis manos.
Nuestros cuerpos
escurridizos de algas.
¡Oh amor, amor!
Playas del alba.

Un día entre nosotros
Yo me siento. Tú te sientes. Nos sentimos,
estamos juntos. Somos
terriblemente dichosos,
como el cielo siempre azul, como el espanto,
como la luz que es la luz,
como el espacio.

Si ahora me preguntaran por qué estoy tan contento,
diría: «Porque soy.»
Y al decirme sería un poco menos.
Si tratara de explicarme surgirían como sierpes
desenvueltas y en combate mis ambiguos sentimientos.
Pero soy solo. Sí. Soy. Te creo.

Estas aquí, en mí mismo.
Ni te veo, ni te pienso, ni te beso, ni te sueño.
Sólo estás. Estoy contigo. Yo, a tu lado, Tú conmigo.
Estamos uno en otro, tan reales
que con ser poco, ese poco es ya bastante.
Estamos en lo que somos, de puro simples, totales.

Estamos donde siempre, callados. No hay motivo
razonable para ser tan ferozmente dichosos.
Pero sacan el porrón de vino, las chuletas,
la ensalada, el Cacciotta ricamente podrido,
el jugo de naranja, los cafés, la ginebra.
Estamos juntos y todo nos sabe por eso a fiesta.

Soy feliz, ¡tan feliz!
Si ahora me levantara saldría por el techo.
Estoy, como se dice vulgarmente, contento.
Vivo, vivo, y contigo
comprendo que vivir es algo muy sencillo.
El corazón ha abierto su mano y yo deliro.

Me dejo estar. Te quiero. Todo es bello.
Irradio una certeza fulminante.
Soy el alguien tremendo que en ti se basta a sí mismo.
Soy mi absoluta presencia (¿qué pasa?)
que está aquí (¡perdón, nada!).
Soy contigo y tú conmigo, el imán de los prodigios.

¿Quién creería si nos viera que cada día, obtusa,
la desgracia del mundo de fuera nos arrastra?
¡Amor besa mi muerte! ¡Dolor, sé voluptuoso!
¡Oh tú, Necesidad, pon la burla en mis ojos
y en pecho ese ritmo de la paz y la guerra
que son a una el latido fatal de la belleza!

¡Ahora, mi ahora mismo,
sé límpido y valiente, la alegría ganada
a los monstruos informes, y a lo triste sin alma!
¡Oh tú, mi yo más bello, mi más que yo, mi amada,
manténme con tus ojos suspenso, nunca grave,
y sea siempre magia la vida cotidiana!


Venus
En la alcoba sombría,
entre fríos basaltos,
el vientre monumental y luminoso
de una estatua de mármol.
La lluvia adormecía los secretos
y pulsaba tensas cuerdas
en el arpa del silencio,
mientras un ángel, envuelto
en un nimbo deslumbrante de misterio,
acariciaba con un gesto indiferente
los senos de las diosas.
A los pies de una Venus
caían estranguladas las palomas.
El amor desnudo y frío
dormía sobre los filos enlunados
de diez brillantes cuchillos.

miércoles, 13 de julio de 2011

Réquiem de Anna Ajmátova


En 1945 el joven intelectual británico Isaiah Berlin quiso visitarla antes de regresar a Londres. Ese encuentro se prolongó durante veinte horas donde Anna le leyó sus poemas y se sinceró con él, pero esto tuvo trágicas consecuencias ya que su hijo volvió a ser encarcelado durante diez años (ya había sido deportado a Siberia antes). Esta vez la escritora se negó a silenciar su voz y siguió adelante con su poemario más importante, Réquiem, ahí explica que en aquella Unión Soviética los únicos que estaban en paz eran los difuntos y que los vivos pasaban su vida yendo de un campo de concentración a otro. El libro fue publicado sin su consentimiento y conocimiento en 1963 en Múnich.
Su obra, traducida a un sinnúmero de lenguas, sólo aparecerá íntegra en Rusia en 1990.


No, no estaba bajo un cielo extraño,
Ni bajo la protección de extrañas alas,
Estaba entonces con mi pueblo
Allí donde mi pueblo, por desgracia, estaba.
1961



EN LUGAR DE PREFACIO

En los terribles años de Yezhov pasé diecisiete meses en las colas de las cárceles de Leningrado. En una ocasión, alguien, de alguna manera, me reconoció. Entonces una
mujer de labios azules que estaba tras de mí, quien, por supuesto, nunca había oído mi nombre, despertó del aturdimiento en que estábamos y me preguntó al oído (allí todas hablábamos en voz muy baja:
- Y esto, ¿puede describirlo?
Y yo le dije:
- Puedo.
Entonces algo parecido a una sonrisa asomó por lo que antes había sido su rostro.

1 de Abril de 1957 Leningrado



DEDICATORIA

Ante esta desgracia se inclinan las montañas Y no fluye el famoso río,
Pero son fuertes los cerrojos de la prisión
Y tras ellos están las “mazmorras de los presos”
Y una pena mortal.
Para algunos sopla suave la brisa,
Para algunos es una caricia el ocaso.
Nosotras no sabemos, somos las mismas por todas partes
Y sólo oímos el odioso chirrido de las llaves
Y los pesados pasos del soldado.
Nos levantábamos como para la misa del alba
Y caminábamos por la ciudad salvaje,

Y allí nos encontrábamos, casi sin aliento.
El sol estaba más bajo y el Neva más nublado,
Pero la esperanza canta siempre a lo lejos.
La sentencia... y de pronto brotan las lágrimas
Y ella se aleja ya de todas
Como si con dolor le arrancaran del corazón la vida,
Como si brutalmente la derribaran por la espalda.
Pero camina... se tambalea... va sola...
¿Dónde estarán ahora mis amigos a la fuerza,
Mis dos años furiosos?
¿Qué oirán en la tormenta de nieve siberiana?
¿Qué imaginarán en el círculo de la luna?

A él las envío mi saludo de despedida.


PRÓLOGO

Eso sucedió cuando sólo sonreía
El muerto, contento de su paz
Y como un apéndice inútil, Leningrado
Pendía de sus cárceles.
Cuando, locos de dolor,
Caminaban en tropel los condenados,
Y los silbidos de las locomotoras

Cantaban cortas canciones de despedida.
Las estrellas de la muerte se erguían sobre nosotros
Y la inocente Rusia se retorcía
Bajo unas botas manchadas de sangre

Y bajo las ruedas de los negros furgones

1

Te llevaron al alba,
Y fui tras ti como en un entierro.
En el ático oscuro lloraban los niños,
Y ante la imagen sagrada se derretía la vela.
En tus labios estaba el frío del icono
Y un sudor mortal en tus cejas...¡No lo olvidaré!

Como las viudas de los Streltsy
Aullaré bajo las torres del Kremlin.
1935

2


Apaciblemente fluye el Don apacible,
La luna amarilla entra en casa.
Entra con un gorro ladeado,
La luna amarilla ve una sombra.
Esta mujer está enferma,
Esta mujer está sola.
Su marido está en la tumba, su hijo, en la cárcel.
Rogad por mí.

3

No, no soy yo, sino otra quien sufre.
No podría soportarlo. Que un velo
Negro cubra lo sucedido,
Y que se lleven las linternas...

Noche.

4

¡Si te hubiera mostrado a ti, la bromista,
Adorada por todos tus amigos,
La alegre pecadora de Zárskoe Seló,
Lo que sucedería con tu vida!
Cómo, entre trescientas mujeres, con un paquete,
Harías cola bajo Las Cruces,
Y cómo con tus ardientes lágrimas,
Fundirías el hielo de Año Nuevo.
Allí silenciosamente los presos
Se abalanzan y cuántas vidas
Inocentes se consumen...

1938


5

Diecisiete meses hace que grito.
Te llamo a casa,
Me arrojé a los pies del verdugo,
Hijo mío, horror mío.
Todo se ha enturbiado para siempre
Y no puedo distinguir
Ahora quién es el animal, quién la persona,
Cuánto tiempo queda para la ejecución.
Y sólo hay flores cubiertas de polvo
Y el tintineo del incienso, y huellas
desde algún lugar a ninguna parte.
Y me mira fijamente a los ojos
Y me amenaza con una muerte cercana

Una inmensa estrella.
1939

6

Pasan pronto las semanas.
Lo que sucedió, no lo comprendo.
Cómo a ti, hijo, te contemplaron

Las noches blancas en la cárcel.
Y cómo de nuevo te contemplan
con su ardiente ojo de gavilán.
Y de tu alta cruz,
Y de tu muerte, hablan.

1939


7
LA SENTENCIA


Y cayó la palabra de piedra
Sobre mi pecho todavía vivo.
No importa. Estaba preparada.
De alguna manera me las apañaré.

Hoy tengo que hacer muchas cosas:
Hay que matar la memoria,
Hay que petrificar el alma,

Hay que aprender de nuevo a vivir.
Si no... El caluroso susurro del verano
Celebra su fiesta en mi ventana.
Hace tiempo que presentía
Este día luminoso y la casa vacía.

22 de Junio de 1939
Casa de Fontanka.


8
A LA MUERTE


Si has de venir ¿por qué no ahora?
Te espero. Me siento muy mal.
He apagado la luz y te he abierto la puerta
A ti, tan sencilla y asombrosa.
Toma para esto cualquier forma,

Irrumpe como granada arrojada,
O furtivamente, con una pesa, como un bandido experto.
O envenéname con el tufo del tifus.
O con un cuento inventado por ti,
Conocido por todos hasta la náusea,

Para que yo vea la punta del gorro azul
Y al portero, pálido de terror.
Todo me da igual ahora. Humea el Yenisei
Y resplandece la estrella polar,
Y el último horror vela
El brillo añil de los ojos amados.

19 de Agosto de 1939
Casa de Fontanka


9

Ya la locura cubre
con su ala la mitad de mi alma,
Y le ofrece su vino de fuego,
Y la imanta hacia el negro valle.

He comprendido que debo
Cederle a ella la victoria
Oyendo mi propio delirio
Como si fuera ajeno.
Y no me dejará ella
Llevar nada conmigo
Por mucho que la suplique
O fatigue con mi plegaria:

Ni los terribles ojos de mi hijo,
Petrificados por el dolor,
Ni el día en que llegó la tormenta,
Ni la hora de la visita en la cárcel,
Ni la suave frescura de sus manos,
Ni la sombra temblorosa de los tilos,
Ni el lejano y ligero sonido
De las últimas palabras de consuelo.

4 de Mayo de 1940
Casa de Fontanka



X
CRUCIFIXIÓN

No llores por mí, Madre.
Estoy en el sepulcro
.
1

Un coro de ángeles glorificó esta hora grandiosa,
Y los cielos se fundieron en el fuego.
Al Padre dijo: “¿Por qué me has abandonado?”
Y a la Madre: “No llores por mí”.

1940
Casa de Fontanka

2

Magdalena palpitaba y sollozaba,
El amado discípulo se petrificaba,
Pero allí donde en silencio la Madre estaba
Nadie osaba mirar.
1943
Tashkent
EPÍLOGO
1


Ahora sé cómo se desvanecen los rostros,
Cómo bajo los párpados anida el terror,
Cómo el dolor traza en las mejillas
Rudas páginas cuneiformes,
Cómo unos rizos cenicientos y negros
Se tornan plateados de repente,
La sonrisa se marchita en los labios dóciles
Y en una risa seca tiembla el pavor.
Y no sólo por mí rezo,
Sino por quienes permanecieron allí conmigo,

En el frío feroz y en el infierno de Julio,
Bajo el muro rojo y ciego.
2

De nuevo se acercó la hora del recuerdo.
Os veo, os oigo, os siento:
A aquella a la que a duras penas empujaron hacia la ventana,
A quien sus pies no pisan su tierra natal,
A la que agitando su bella cabeza
Dijo: “Vengo aquí, como si fuera a casa”.
Quisiera llamar a todas por su nombre,
Pero confiscaron la lista y no se puede encontrar.
Para ellas he tejido un vasto sudario
Con las pobres palabras que les oí.
De ellas me acuerdo siempre, en todas partes.
No las olvidaré en una nueva desgracia.
Y si amordazaran mi atormentada garganta,
Por la que gritan cien millones de voces,
Que ellas también rueguen por mí
En la víspera del aniversario de mi muerte.
Y si alguna vez en este país
Deciden erigirme un monumento
Doy mi acuerdo a ese honor
Sólo a condición de que no lo erijan
Ni junto al mar, donde nací:
Se rompieron mis últimos lazos con él,
Ni en el parque de los Zares, junto al secreto tronco,
Donde una desconsolada sombra me busca
Sino aquí, donde permanecí en pie trescientas horas
Y donde me abrieron los cerrojos
Porque en la plácida muerte
Temo olvidar el fragor de los negros furgones,
Olvidar cómo chirriaba la odiada puerta
Y a la vieja que aullaba como una bestia herida.
Ojalá que de mis pesados párpados de bronce
fluyan las lágrimas como derretida nieve
Y que la paloma de la prisión arrulle a lo lejos
Y que silenciosamente naveguen los barcos por el Neva.
Marzo 1940.
Casa de Fontanka