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martes, 4 de octubre de 2011

Julio y Aurora

Julio era un chico muy guapo. Alto, moreno, de ojos azules, con una exquisita educación que le había proporcionado su padre (uno de los mayores empresarios del país), había vivido casi toda su vida en un chalé de La Moraleja.




Aurora miraba en su agenda los tres libros que debía recoger de la biblioteca si se quería poner al día con la asignatura de Renacimiento y terminar de una vez la carrera de Historia del arte.



Julio acudió a la biblioteca de la facultad un día y al salir se tropezó con Aurora. Ella, primero se puso lívida del susto pero luego en seguida enrojeció cuando le observó de cerca. Era el chico más guapo que se hubiera encontrado en su vida, seguro que modelo o algo así. Él sonrió y ella quiso que el mundo se parara allí mismo.
-Siento haberte asustado, ¿te puedo compensar con un café?- le propuso él.
-No bebo café- respondió ella justo antes de darse cuenta de lo que acababa de decir y de cerrar los ojos pensando que la tomaría por idiota.
-Bueno, también ofrezco coca cola si te apetece más.
-Acepto una coca cola.- sonrió. Aquello no podía ser cierto.



Julio y Aurora se encaminaron a la cafetería del rectorado y allí hablaron tranquilamente hasta que se les hizo la hora de la comida. Decidieron comer juntos para no tener que separarse. Y pasaron cuatro horas más. Aurora no recordó Renacimiento en todo aquel tiempo.



-Se ha hecho tarde- le comentó él. – Te puedo llevar a casa si quieres, tengo el coche ahí mismo.
Aurora sintió como que le conocía de toda la vida así que aceptó y se encaminaron al aparcamiento, donde se encontró con que el coche de Julio era un Porsche 911 Carrera.
-Pues no parece muy cómodo.- fue todo lo que dijo ella antes de subirse.
-Cuando te saques el carné y puedas conducirlo me lo cuentas.- contestó él.



Cuatro meses más tarde estaban los dos en la habitación del apartamento que ella compartía con otras chicas de la facultad esperando a que terminara de arreglarse para ir a conocer a los padres de él a una comida familiar en el chalé.
-Ponte falda o vestido, les encantará. Ah, y un poco de tacón, no excesivo.
-Sabes que no puedo andar bien con tacones, lo más elegante que tengo son las Doctor Martens.- le respondió ella.
-Pues con eso no podrás entrar en casa.- sonrió Julio.- Lo siento, princesa, pero mi madre es bastante rígida con las normas de vestimenta.



Aurora rebuscó y al final se puso unos zapatos que le prestó una compañera. Se miró en el espejo y se percató que verdaderamente estaba mucho más guapa así, aunque se notaba ciertamente incómoda.



Cuando llegó por la noche a casa se dio cuenta de que tenía el novio más guapo y maravilloso del mundo, que los zapatos con tacón le quedaban de maravilla y le habían hecho una herida que la haría cojear una semana y que todos en esa familia esperaban que se casaran en cuanto terminara la carrera. Que ella no tuviera dinero no parecía ser un gran problema para ellos pese a todas las películas que había visto sobre la diferencia social en una pareja.

Y así se hizo, en cuanto terminó la carrera se casaron. La familia de Julio se ocupó absolutamente de todo: decoración, invitados, lugar de celebración e incluso del número de invitados por parte de ella que estaría bien que acudieran, y como la mayoría no eran de Madrid porque ella estaba allí sólo por la universidad, muchos no fueron.




Julio era el sueño de toda mujer: guapo, divertido, interesante, inteligente y con genio. Con mucho genio. Sobre todo cuando las cosas no estaban como él quería. Aurora no pudo volver a ponerse sus botas Doctor Martens, sólo podía llevar zapatos o botas con tacón y femeninas, así que las tiró en un contenedor de ropa como él le había sugerido. Aunque ella le daba la razón, así estaba mucho más guapa.




Aurora no pudo seguir estudiando, ni siquiera tuvo la opción de decir que quería seguir con un doctorado y dedicarse a la investigación. Eso quedaba totalmente descartado pero es que Julio tenía razón, el ático que los padres de él les habían regalado era muy grande y requería mucha atención, a pesar de que en realidad tuvieran dos asistentas, una de ellas interna que vivía allí con ellos.




Julio solía sonreír muy a menudo pero eso a veces asustaba a Aurora, porque tenía dos sonrisas, y una de ella, levantando una ceja, quería decir que le tocaba castigarla. Claro que ella estaba segura de que se lo merecía, seguro que era que se había equivocado en algo importante de protocolo, que no terminaba de conocerlo bien. Su suegra trataba de enseñarla a que se adaptara y le explicaba que su hijo era muy buen chico a pesar de que a veces tuviera esos accesos de ira.



Aurora estaba segura de que Julio era el hombre de su vida y todo el mundo hablaba de lo bien que se llevaban, de la buena pareja que hacían, de lo torpe que debía ser Aurora para que cada dos por tres se golpeara con algo.



Julio la agarró del brazo cuando ella quería salir de una habitación y dejar de discutir, dejar de escuchar cómo la insultaba. Él cerró la puerta de un portazo y la empujó a la cama.



Aurora pensaba que él no era malo, si no la habría empujado contra la pared o la habría tirado al suelo.



Julio la dijo, muy despacio y en voz muy baja, tumbado encima de ella y apretando ligeramente su cuello, que siempre le tendría que obedecer y que si quería tener un hijo lo tendrían, un precioso chico de ojos azules y pelo negro como el padre, que traería alegría.



Aurora no podía respirar bien y le golpeaba la mano que le estaba ahogando. Se vio reflejada en los preciosos y profundos ojos azules que la observaban, con una ceja levantada. Y entonces Julio sonrió.



Julio no quería hacerla daño, tan sólo que le hiciera caso, al fin y al cabo siempre había pensado que Aurora era una chica lista, no sabía por qué costaba tanto darse cuenta que lo hacía por su bien.



Cuando Aurora cumplió veinticinco años sopló las velas con el labio partido y Julio le regaló dos billetes para que ambos lo celebraran en Japón. Allí las mujeres sí que eran sumisas.



Julio llegó un día a casa pero Aurora no estaba. La llamó al móvil pero no se lo cogió y empezó a ponerse nervioso. De pronto oyó unas risas en la piscina y la encontró allí hablando por el móvil. Se dirigió a donde estaba, le arrebató el móvil y lo lanzó todo lo lejos que pudo mientras Aurora le miraba con la boca abierta sin comprender. Luego caminó hasta el borde, de donde ella no se había movido y poniéndose de cuclillas la miró.
-Si llego a casa y te estoy llamando, me contestas.- la dijo.
-No te oí.- trató de disculparse ella.
Julio le agarró del pelo y la sumergió, sujetándole con firmeza la cabeza. Luego la volvió a sacar durante unos segundos y lo volvió a repetir hasta tres veces más. Después, la soltó, se sacudió el agua que le goteaba de la mano y entró al ático.



La madre de Julio llamó para hablar con ella del por qué de no tener hijos, que si era porque no valía. Aurora no quiso decirla que no se acostaba con su marido, sino que simplemente hacía mucho tiempo que él disfrutaba más si la forzaba y que ella se encargaba de que de ahí nunca saliera descendencia. Le dijo a su suegra que tal vez fuera Julio quien no pudiera. Acto seguido quiso rectificar pero no estuvo a tiempo, le había oído.



Aurora sabía que tenía que salir de allí antes de que Julio se enterara de lo que había dicho o tendría que castigarla, no le gustaban las impertinencias. Cogió el bolso y fue corriendo al ascensor. El teléfono móvil estaba sonando. Era su marido. No lo cogió. Las puertas del ascensor se abrieron, ella iba a entrar, alguien iba a salir, alguien que la cogió por los brazos y la metió dentro del ático de nuevo. Julio le dijo a la chica interna que se tomara el día libre.



Julio no se podía creer que su madre le llamara y le contara lo que su mujer le había comentado que era culpa de él que no tuvieran todavía pequeños Julitos corriendo por el jardín del chalé de La Moraleja.



Aurora estaba de pie en medio de la entrada, temblando y agarrando el bolso con fuerza, mirando la punta de aquellos zapatos de tacón que la hermana de Julio le había regalado.
Julio se acercó a ella y le cogió la cara entre las manos, con suavidad. Ella alzó la mirada y se vio reflejada en la profundidad fría del azul. La besó y luego despacio se dirigió a su lóbulo sin apartar sus labios de ella.
-Con que es mi culpa, ¿no?- la susurró.



Aurora iba a disculparse, a inventarse una excusa, a decirle algo, a pedirle perdón, a lo que hiciera falta para no tener que pasar por lo que sabía que venía a continuación.



Julio estaba sentado en la tumbona del chalé de sus padres tomando el sol. Su madre se acercó y le preguntó qué tal estaba.
-Gracias por ayudarme con los abogados, mamá.- la dijo sonriendo.
-Siempre serás mi pequeño y guapísimo hijo, Julio. Esa mujer no era digna de ti ni de esta familia y estás muchísimo mejor sin ella. No puedo comprender como no entendía ni las cosas más simples, que tu mujer te tiene que obedecer, que siempre ha de estar guapa y que tenía que darme un nieto, sólo eso, por Dios, si ni siquiera la dijimos que trabajara como esas guarrillas que van por ahí hoy en día, sólo tenía que ocuparse de estar disponible…



Julio la acarició la cara con ternura y se puso las gafas de sol.



Aurora estaba a dos metros bajo tierra de tomar el sol.

miércoles, 15 de junio de 2011

Mitomanía, fanatismo y artistas




-Si aquella puta no me hubiera tirado las bragas a la cara...

Notaba el sabor de la sangre. No se quería mover y mucho menos abrir los ojos. Sólo deseaba que aquello terminara cuanto antes. Ya ni se preguntaba que por qué a ella. Allí había decenas de chicas que también les aclamaban pero la mayoría había huido cuando llegaron los primeros golpes. Ella, simplemente, no se lo podía creer y se quedó con la boca abierta viendo como se convertía todo en una batalla campal. Se suponía que estaban halagados, que querían a sus fans, que gracias a ellas les habían colocado en el número uno en todo el mundo y que su último disco había conseguido el tercer disco de platino. Y sin embargo, después del concierto, en vez de hacerse fotos con ellas y firmar autógrafos de habían dedicado a golpearlas con saña. ¿Cómo podía ser posible?
Ninguna se defendió, no se atrevieron ni a rozarles. Ellos jugaban con ventaja y ni siquiera les echó para atrás que alguna les grabara con los teléfonos móviles. Una chica hasta parecía feliz antes de que la partieran los dientes.

Por fin se atrevió a abrir los ojos. El bajista estaba de cuclillas a su lado, mirándola. Los volvió a cerrar con fuerza como si así fuera a desaparecer.
-Sé que estás consciente-oyó- Las ambulancias están de camino. Toma- continuó mientras colocaba algo debajo de su mano sucia.- Son dos entradas para nuestro próximo concierto en la ciudad. Sentimos mucho las molestias ocasionadas.- y la revolvió el pelo antes de incorporarse y dejarla allí tendida.

viernes, 3 de junio de 2011

Umita

Umita medía 1.70 cm., pesaba más de cien kilos y ese no era su verdadero nombre pero si te lo revelara tendría que matarte.

Cuando era la persona con el nombre que no te puedo decir vivía en una gran ciudad, era la mediana de una familia de trabajadores que trataba de llegar a fin de mes y sí, aún vivía con sus padres. Y cuando era Umita básicamente no cambiaba nada excepto que se enfundaba un mono de lycra de color rosa chicle Barbie (que, seamos sinceros, no es que le quedara muy bien) y manejaba una katana con una empuñadura a juego con el mono. Antes muerta que sencilla y ella era una super heroína con, llamémosle "clase".


Todo comenzó una tarde en la que estaba sola en casa con sus dos hermanos, viendo por octagésima vez la película Kill Bill.
-De mayor quiero ser "la Novia".- dijo ella.
-No podrás, nadie querrá casarse contigo.- contestó su hermano mayor, y los dos varones comenzaron a reírse de ella.
De pronto, oyeron unos gritos que provenían de la calle. Un par de adolescentes le habían quitado el balón a un crío de unos ocho años.
-Esto es una vergüenza.- dijo Umita en voz alta mientras se dirigía a la puerta para bajar y ayudar al niño en apuros a la vez que sus hermanos corrían a la ventana para no perderse el espectáculo.
-¿Se puede saber qué estáis haciendo? Devolvedle el balón ahora mismo.
Los dos adolescentes se giraron para mirarla y comenzaron a reírse a carcajadas.
-¿Y qué vas a hacer si no, vaca? ¿Tirarte encima nuestra y aplastarnos? Antes tendrías que pillarnos.
Ella le guiñó un ojo para tranquilizar al dueño de la pelota, que estaba ojiplático y sin saber qué estaba pasando realmente en ese momento. Umita se arremangó y dio un paso hacia los adolescentes.
-Uy, que viene-exclamó uno con sorna- Venga, devuélveles la pelota no sea que nos haga daño.
Su compañero le miró, asintió, sonrió y pateó el balón con toda la fuerza de la que fue capaz dirigiendo el esférico hacia el centro de la cara de nuestra protagonista.
Primero, sintió un crujido; luego, el sabor a sangre y para terminar, el suelo con el que chocó al caer por el impacto y acto seguido, un dolor que le traspasó entera. Acababan de romperle la nariz.

Podría haber recordado como sus hermanos bajaron corriendo a la calle, como el mayor intentaba levantarla y como el pequeño le devolvía el objeto de la disputa al niño que salió de allí corriendo por si alguien le echaba a él la culpa de algo. Podría haberlo recordado, sino fuera porque se había desmayado... [continuará...]

lunes, 25 de abril de 2011

Diálogo entre amigas IV


-¿Cuándo se marcha?
-En diez días.
-¿Y cómo lo llevas?
Ella dio un trago a la copa de vino y se encogió de hombros.
-He dejado de llorar, ahora sólo queda todo lo demás.
-Será más fácil cuando no esté.
-Sí, será más fácil.
-Quizá no deberías hablar más con él si luego te vas a encontrar peor, ¿no?
-No. A su lado me siento bien, protegida, como si nada malo pudiera ocurrir. Topicazo, lo sé.
-Que sea un tópico no significa que no te sientas así. Entonces, ¿volveréis a veros?
Su mirada se perdió en una pajita negra mordisqueada que había encima de la mesa, al lado de la botella...

sábado, 26 de marzo de 2011

Diálogo entre amigas III


Le vio caminar hacia la otra, sonriendo, esta vez con el pelo recogido, y antes siquiera de poder esconderse, vio cómo la sostenía la cara con las dos manos y la besaba. A partir de ahí terminaron todos sus problemas.


-¿Y qué hago si tengo ganas de hablar con Diego y de reírnos juntos?
-Pues nada, porque si él verdaderamente estuviera interesado, te buscaría.
-¿Y si no me busca? Porque no se atreva o lo que sea...
-Repetimos... si no te busca, es que no era para ti. Si lo fuera, pasaría de todo y aparecería.
-Creo que aún así voy a preguntarle si está bien y eso...
[...]
Definitivamente no era para mí, estaba de vacaciones con su nueva novia.
-Espera que te relleno la copa de vino... ¿cómo te encuentras?
-Bien, bien, era lo que suponía, sólo quería cerciorarme... pero eso sí, no más hombres en mi vida.
-A ver cuánto te dura la determinación.
-Hasta que me muera.
-¿Quieres que salgamos a cenar?
-No, el frío me hace llorar y los no-desengaños amorosos me quitan el hambre. Prefiero quedarme en casa adelgazando y pillándome un coma etílico, gracias.

jueves, 17 de marzo de 2011

Julieta I

Aún cuando todo dejó de temblar –el suelo, el techo, las paredes- todavía permanecí acurrucada un poco más, conté hasta diez –mejor que sean veinte- y abrí los ojos. Todo estaba parado. Delante de mí había una puerta abierta, sí que despacito fui andando hacia ella… y cuando por fin observé que realmente no acechaba nada, salí corriendo todo lo que pude hasta que me vi pateando el aire. Algo muy grande me había agarrado del pescuezo, pero antes de poder si quiera defenderme, noté como me empezaban a acariciar la tripa y detrás de las oreas. La verdad es que me gustaba la sensación y aunque traté de estar alerta todo lo que pude, al final he de confesar que empecé a ronronear de placer y poco a poco cerré los ojos.
-Bienvenida a casa, Julieta.
Y con un leve balanceo, que hizo que me agarrara con todas mis uñas para no caerme, me llevaron a un lugar donde me dejaron de nuevo en el suelo y ante mí encontré comida, agua y arena. Todo eso lo descubrí después de olfatear bastante todo porque cualquiera se fiaba con la vida que había tenido.
Fui la pequeña de una camada de la que me separaron cuando dejé de amamantar.

La vida con mis hermanos y hermanas era divertida, nos mordíamos un poco, jugábamos mucho y mamá siempre estaba ahí para regañarnos cuando nos portábamos mal y lamernos cuando todo marchaba bien. De ella aprendí que debía ser limpia y lavarme a menudo, de mis hermanos, que no está bien morder si no te gusta que te muerdan y que un bufido a tiempo te puede salvar de un muy probable intento de colarse para amamantar antes que tú.
La separación no digo que fuera traumática pero sí un poco triste, porque mis hermanos iban desapareciendo y yo no podía hacer nada, hasta que un día…

lunes, 28 de febrero de 2011

Diálogo entre amigas II


-Así que Diego, ¿eh?
-Sí, Diego… es divertido, interesante, atractivo…
-¿Y…
-Y nada, la historia de siempre, “no sos vos, soy yo” y una escena sacada de una novela que escribimos en nuestra adolescencia. El saber ser una amiga tan de puta madre es lo que tiene, que luego nunca paso de ahí.
-No, no, con el "y" me refiero a su problema, tiene que tener algún problema, tendrás que salvarle de algo, ¿no?
-Más bien me salvó él a mí.
-¿y eso?
-Volví a creer en que no todos los hombres son iguales. La misma situación se puede vivir de diferentes formas, y esta ha sido la mejor manera en la que me han rechazado.
-Lo tuyo ya es vicio.
-Qué me vas a contar… dame más vino, anda, a ver si así me olvido un rato de lo que es sentirse como una adolescente avergonzada.

viernes, 18 de febrero de 2011

Diálogo entre amigas


Le vio caminar hacia ella, sonriendo, esta vez con el pelo suelto, y antes siquiera de poder saludarle, la sostuvo la cara con las dos manos y la besó. A partir de ahí comenzaron todos sus problemas.


-Necesitas estar sola una temporada-le dijo su amiga mientras le pasaba una de las copas de vino que había preparado.
-¿Y me lo dices tú?
-Cielo, yo estoy sola, otra cosa es que tenga algún que otro amigo.
-¿Algún que otro?
-Bueno.- se rió.- en la variedad está el gusto.
Hacía poco que su último novio, un profesor universitario de literatura, la había dejado por una alumna.
-Yo no busco problemas, es que los atraigo.
Su amiga se la quedó mirando.
-¿Me estás intentando convencer de algo que no te crees ni tú?
-¡No tengo la culpa de ser tan romántica!
-Lo tuyo no es romanticismo es puro masoquismo. En cuanto tu radar detecta que un tío tiene problemas, vas de cabeza a ayudarle, ¡tía, eres como santa Teresa! No puedes ir por ahí salvando la vida de todo el mundo, sobre todo cuando terminas colgándote del que más daño te puede hacer, es como si te gustara que te metieran caña, y lo peor es que no es en el mejor de los sentidos.
-Vale, vale, ya te he dicho que no voy a volver a caer. No más hombres en mi vida. Eso sí, necesito que me lleves a un sex shop.
-A ver cuánto te dura la determinación.
-La cuestión es... -comenzó- que hay un chico, se llama Diego.

jueves, 27 de enero de 2011

Querido tío:



Querido tío:
Te escribo porque hoy la prima Julia me ha confirmado lo que yo ya había intuido en casa entre cuchicheos, que te estás muriendo.
Como bien supondrás, no lo siento en absoluto, y no es porque sea una adolescente rebelde, huraña y malvada, como tiende a decirme mi hermana pequeña, sino porque aún recuerdo como si fuera ayer lo que me hiciste con tan sólo nueve años.
Espero que no tengas la caradura de negar nada, un niña de nueve años no se inventa esas cosas, ni las sueña, ni las saca de ninguna película.
Tranquilo, vas a morir sin que nadie lo sepa, no soy capaz de arruinar la vida de mis padres contándoles esto, sólo les causaría más daño, pero al menos quiero que recuerdes (si es que has sido capaz de olvidarlo) cómo te aprovechaste de la inocencia de tu sobrina pequeña.
Fue exactamente el 13 de diciembre, en el nacimiento de mi hermana Claudia. Me dejaron por primera vez (y última, por supuesto) dormir en tu casa mientras todos se iban al hospital. Al fin y al cano, tú eras el tío divertido, alegre, que me compraba cromos de Candy, Candy.
Estaba tan contenta y nerviosa que no era capaz de dormir y me dejaste quedarme contigo en el sofá a ver una peli de mayores. Cuando muchos años después la echaron por televisión y la reconocí, un escalofrío me recorrió todo el cuerpo y hasta tuve que ir al baño a vomitar. El último tango en París. ¡Qué hijo de puta!
Hacía frío pese a la calefacción, así que me dijiste que compartirías la manta de punto que había hecho la abuela, tu madre, y me sentaste entre tus piernas rodeándome con los brazos. ¡Guau! qué brazos más fuertes, ¿verdad, tío? y qué manos más grandes para tocar unos pechos tan pequeños...
"¿Por qué no jugamos a ser los actores de la peli?" me susurraste mientras tu dedo jugueteaba con la goma de la cintura del pantalón.
Yo seguía con los ojos perdidos en la pantalla de la televisión, sintiendo que algo no marchaba bien.
"Tengo que ir al baño" dije, y traté de incorporarme, pero tus piernas se cerraron como una pinza en torno a mí.
"¿No puedes aguantar?"
Respondí que no con la cabeza y empecé a tratar de moverme. ¡Ja! Joder, me sacabas treinta años y mil kilos, era como tratar de desasirse de una estatua de mármol.
Te lo pensaste unos instantes que se me hicieron eternos y luego supongo que decidiste que no pasaba nada, total, tenía que quedarme allí, ¿verdad, tío? ¿qué iba a hacer una cría de nueve años? Pero tu sobrina no era tan tonta como pensaste. Cuando me levanté vi de reojo que te habías sacado el pene del pantalón y tenías una erección. Eso fue lo que terminó de asustarme.
Fui corriendo a la habitación y cerré con cerrojo antes si quiera de que te dieras cuenta de qué era lo que pasaba.
Los gritos y los golpes en la puerta también los recuerdo perfectamente, me acompañaron en muchísimas pesadillas en las que el final era diferente y lograbas colarte rompiendo la puerta de una patada. Pero no la rompiste, y no te abrí, y me tiré toda la noche sentada en el suelo, pendiente de que esa puerta no se volviera a abrir.
Al día siguiente oí la voz de papá y por fin salí, demacrada, con ojeras, y enferma por el frío que había pasado en el suelo. Nadie dijo nada, claro, había sido muy buena y me había portado muy bien, dijiste, mientras me echabas una mirada que mi padre no vio, completamente amenazadora.
¿Recuerdas todo esto, tío? ¿Lo recuerdas?

miércoles, 6 de octubre de 2010

La princesa que tenía las llaves del príncipe


Está amaneciendo. Hoy comienza un nuevo día en el palacio de la princesa, ¿os acordáis de ella? Se ha despertado antes de tiempo y se dirige a abrir la ventana. Es un día frio y el viento helado la golpea el rostro, pero eso es algo que le gusta, que le hace sentir bien, que la despeja.
Ha decidido ponerse realmente bonita, lavando sus cabellos, maquillándose, poniéndose un poquito de tacón… y ya una vez lista baja a desayunar. Retira con una mano todos los pasteles y dulces que normalmente toma, y se bebe un vaso de zumo de naranja. Su dama de compañía se queda asombrada.
“¿Se encuentra usted bien?”
La princesa sonríe, y es una sonrisa bonita, porque efectivamente se siente bien, se siente mejor que nunca.
“Voy a hacer un viaje, a visitar a mis familiares y amigos que viven al lado del mar, y quiero estar presentable para cuando me vean.”
“Pero entonces…” pregunta la dama un poco confundida “¿ya no esperamos más a que llame el príncipe por si requiere las llaves?”
“oh, no, no, qué va… mándaselas con un mensajero, que le dé las gracias y le diga adiós de mi parte”
“pero… pero… ¿de verdad, señora, que se encuentra usted bien?”
“Mejor que nunca. Es más” y diciendo esto se quitó la pequeña corona que ceñía sus sienes “Toma, haz con ella lo que te plazca. Lo normal o al menos lo que yo haría sería entregarla a algún museo para la posteridad, pero si no, hagas lo que hagas me parecerá bien. Pesa mucho, y he descubierto que ser princesa no es tan bonito como me contaban de pequeña. No quiero estar pendiente de todo el mundo. Desde ahora, voy a pensar un poco más en mí misma. Por ello también te agradezco tus servicios… Mira, la corona puede ser un buen pago por ellos”

La princesa, que ya no quería que nadie más la llamara princesa y había optado por que se dirigieran a ella con su nombre verdadero, Alexandra, empaquetó sus pertenencias más preciadas (sobre todos libros y mas libros que el maestro le había ido comprando a lo largo de todos los años que estuvo a su servicio, y por el que sentía verdadera devoción), alguna prenda cómoda y poco más. Pensó incluso en ir a la universidad a estudiar… eso le parecía una buena opción. O quizá, se instalara en una pequeña aldea y abriera una confitería, pues todo hay que decirlo, preparaba unos dulces que eran conocidos y requeridos incluso fuera del reino.
Cuando ya iba a partir, miró el cajón privado de la mesilla. Dentro estaban las llaves del príncipe. Ni siquiera lo abrió, empezaba, realmente, una nueva vida, empezando por visitar el mar. Deseó que él llegara a conocer la felicidad. Ella la estaba sintiendo en ese momento, y sonrió, antes de salir de sus aposentos.

martes, 21 de septiembre de 2010

El balancín y el cielo estrellado


No se oía casi nada, sólo ligeramente el casi imperceptible sonido del balancín, bien engrasado, en el jardín de la casa de madera.
No era una casa especialmente grande, pero sí muy acogedora. Hacía una buena noche de finales de verano, cuando ya uno se pone la chaqueta si va a salir a admirar las constelaciones, como hacía la mujer.
Ni una nube, era todo como si alguien hubiera limpiado el cielo y hubiera dado brillo a las estrellas. Sabía que no podría contarlas todas, de tantas como había.
Se encendió un cigarrillo y siguió allí. Había un libro apoyado en el balancín, aparcado a un lado después de que se hubiera ido la luz, marcado por donde iba la lectura, y un lápiz que utilizaba para subrayar.
Aún llevaba el pelo un poco húmedo. El baño de sales le había sentado bien después de trabajar en el huerto que estaba a la derecha del jardín. El resto, eran todo árboles frutales y un camino hecho de piedras que comunicaba la casa con la verja de la entrada.
Dos gatos aparecieron de pronto delante suya y se quedaron un rato allí parados, mirándola, y como si la conocieran y no fueran dos gatos callejeros, se acercaron a su lado e incluso uno se subió al balancín. Era una hembra atigrada. El otro, un macho completamente negro, se enroscaba mientras entre sus piernas. No parecían hambrientos, el campo les daba todo lo que necesitaban.
Varias estrellas fugaces pasaron pero decidió no pedir ningún deseo, no fuera que se cumpliera, como el último. Rió para sí, agitando el balancín. La gata que se había tumbado a descansar alzó la cabeza y tras comprobar que no era nada digno de su atención, volvió a sumergirse en su sueño.
-Así que esto es la muerte... pues me gusta.
Y le dio una última calada al cigarro.

sábado, 18 de septiembre de 2010

Las llaves del príncipe


Érase una vez un príncipe que vivía con una princesa. El problema, era que no eran tan felices como pudiera parecer en otros cuentos, ni comieron perdices tampoco.
El príncipe era una persona que tenía miedo de querer a la princesa por si luego la tenía que perder, así que era incapaz de disfrutar de ella si no era estando a su lado.
La princesa trataba de explicarle que quizá debería arriesgarse, ya que parecía que cuando estaban juntos las cosas iban muy bien, pero en cuanto ella faltaba para atender alguna cosa fuera de palacio, las dudas del príncipe volvían a su cabeza y lo inquietaban demasiado, así que incluso pasaba el tiempo coqueteando con otras mujeres de la corte.
Cuando la princesa se dio cuenta de todo esto, habló con él y acordaron romper su noviazgo. El príncipe, además, decidió echarla del palacio para que no le pudiera hacer mucho más daño, y tiró las llaves con fuerza, las llaves de las entradas, de todas las entradas, incluidas las de su corazón.

Cuando la princesa marchó, se encontró en el camino con el puñado que el príncipe había lanzado, las recogió y las guardó.
"¿Señora, no deberíais entregárselas a su dueño?" le preguntó su doncella.
"No puedo hacer eso. No puedo hacer nada hasta que él no vuelva a llamarme. Él se deshizo de las llaves, no soy quien para romper su deseo, le respeto, y aún le quiero. Así debe ser".

Sin embargo, las cosas no le fueron tan bien como pensaba al príncipe. Las mujeres de la corte no terminaban de satisfacerle mas que de una manera puramente carnal, y cuando tenía noticias de la princesa por boca de otros miembros de la nobleza, sentía como su corazón se le partía un poquito más.
"Cómo me arrepiento de haber cerrado las llaves de mi corazón, cómo me arrepiento de ser tan orgulloso, cómo me arrepiento de no saber cómo hacer que tengamos contacto de nuevo..." se lamentaba el príncipe.


Mientras tanto, la princesa esperaba mirando por la ventana al castillo del príncipe, cuya silueta se asomaba por el horizonte, mientras de vez en cuando echaba una ojeada al cajón privado de su mesilla, donde tenía todas las llaves, preguntándose si alguna vez el dueño sería capaz de acercarse de nuevo, aunque sólo fuera para reclamárselas.

viernes, 17 de septiembre de 2010

El cactus I


Érase que se era un padre que caminaba por la calle, la trala, la trala, cuando de repente pasó por una floristería y vio un cactus con forma de corazón en el expositor.
“Qué bonito” pensó “creo que se lo compraré a mi hija para que lo ponga al lado del ordenador, que dicen que son muy buenos”
Así que el papá hizo esto y lo llevó a casa. La niña, que todavía no era muy mayor, al ver el regalo de su padre se emocionó mucho y cuando lo cogió quiso abrazarlo cual peluche, antes de que a los padres les diera tiempo a avisarla de que pinchaba. Demasiado tarde.
Se puso a llorar desconsoladamente y apartó de sí el presente, que quedó apoyado en una estantería momentáneamente.
“No lo quiero, no lo quiero” hipaba.
“Pero cielo, si es muy bonito, lo único es que no lo puedes tocar”
“He dicho que no lo quiero, hace daño, no lo quiero”
Los padres de miraron y asintieron. Mientras la madre terminaba de consolar a la pequeña y la llevaba a su cuarto, el padre miró al pequeño cactus un poco dolido por haberle fallado a su niñita.
“No te preocupes” oyó que le decía su esposa “Se lo regalaremos a mi madre, que a ella le gustan mucho las plantas”

Dicho y hecho, ese fin de semana, cuando fueron a visitar a la abuela (la madre de la esposa, se entiende) cogieron el pequeño cactus y se lo entregaron.
“Qué maravilla” exclamó “es muy bonito, lo pondré en la terraza con los geranios y la hiedra, las petunias y los deditos de ángel (que no son deditos de ángeles de verdad, obviamente)”
Sin embargo, cuando la familia volvió al fin de semana siguiente a comer un rico arroz con pollo que preparaba, comprobaron que el cactus no tenía muy buen aspecto.
“Pero abuela, ¿qué le has hecho?”
“¿Yo? Nada hijita, regarle como al resto de las plantas, es lo único que se me ocurre”
“¿Le has regado todos los días?” preguntó escandalizado el yerno.
“Bueno, pues claro, al fin y al cabo, son días muy secos, y necesitan agua, todas las plantas necesitan agua”
“Todas menos los cactus…” murmuró su hija. “En fin” dijo ya en voz alta ”Quizá me lo lleve, a ver si lo revivo, si no te importa”
Y en eso quedaron, así que la madre trató de revivirlo, y el corazón empezó a estar de nuevo bonito, brillante y lozano.

Un día, la hija de la vecina llamó a su puerta para pedir un poco de sal para el guiso que su madre preparaba, y vio el cactus en el aparador de la entrada.
“Es precioso, me encantaría tener uno, ¿dónde lo compraste?”
Y antes de que se diera cuenta, volvió a su casa con un poco de sal y un cactus con forma de corazón en las manos.

La veinteañera (pues esa era la edad de la hija de la vecina que preparaba el guiso que necesitaba la sal) estaba encantada con su nueva adquisición, y lo puso en la mesilla de noche, cerca de la ventana, donde le diera el sol. No se cansaba de mirarle y admirarle y de vez en cuando, cuando estaba muy aburrida, acercaba sus dedos hasta las púas y se pinchaba las yemas para ver cómo se formaba una gotita de sangre que caía en una hoja en blanco. Quería ser artista, y le gustaba practicar nuevas formas de trabajar el arte.
“Ya podría ser un rosal, que al menos dan flores” le decía su madre “pero mira que un cactus”
“¿Pero no has visto que bonito es?” le respondía su hija “Tiene forma de corazón”
“Bah, un corazón con espinas es como si no fuera un corazón, siempre lastimará, está en su naturaleza, es un cactus”
Y la veinteañera seguía mirándolo y admirándolo, pero dándole vueltas a las palabras de su madre.
“¿Se podrán cortar las púas para que no pinche?”
“Entonces ya no será un cactus, habrá perdido la esencia de los cactus que es que pinchen y que necesitan poco agua, eso lo sabe todo el mundo”
(menos la madre de la vecina, podríamos haber dicho)

Luego llegaron los exámenes y la universitaria se fue olvidando del pequeño cactus, aunque también lo puso cerca del ordenador para absorber las radiaciones, pero cada dos por tres o tres por dos (propiedad conmutativa) se clavaba sin haberlo hecho a propósito, sino que era totalmente sorpresivo, y no sólo la desconcentraba, sino que la ponía de mala leche.
Un día, oyó a una amiga que los cactus daban mal karma, pero tirarlos también, así que se encontró contra la espada y la pared, acordándose del momento en el que le dijo a la vecina que le gustaba aquel pequeño cactus con forma de corazón.
Su madre tuvo la solución. Cogió el cactus, bajó al jardincito que rodeaba al portal, y lo plantó allí, al lado de otras plantitas. Al menos, eran de su especie, y que supiera, allí nadie se iba a pinchar.
“Es muy bonito” decía todos los que lo veian “pero qué lástima que no dé flores”.

lunes, 23 de agosto de 2010

Cuento VI


Ella le miró y le dijo "No puedo, ¿sabes? Creía que sí, pero de esta manera, viendo como la prestas todas las atenciones que antes eran mías, de esta manera me supera. Yo me siento estúpida y tú te sentirás incómodo sino lo estás ya. Aprovecha e intenta ser feliz"
Él le contestó con una canción
‎"sé que vos me amás,
sabés que yo te amo,
mi amor por vos es único
pero no es mi único amor

...y

así va a ser mejor,
me conocés muy bien
no me sigas, no pierdas tu tiempo,
soy libre y vos también..."
...gracias, igualmente...


Y por último, rota ya ella por las lágrimas, con paso vacilante y la mirada ya perdida terminó: "Y si alguna vez necesitas algo, sabes dónde encontrarme.
Te quiero demasiado"

Tambaleante se marchó, completamente rota por dentro, recordando su voz y sus ojos, preguntándose si había hecho bien. Hiciera lo que hiciera, sabía que iba a sufrir. Su vida era una No win situation sólo quedaba esperar, si alguna vez, él se acordaría de ella. Si alguna vez, volvería a buscarla...

Cuento V


Lo que estaba deseando que le dijera es que se dio cuenta que la quiere a ella, no a la otra. Y como no fue antes de la cita, pese a que hablaron, se quedó esperando toda la tarde para que en cualquier momento sucediera. Pero no fue así, es más, le fue bien, porque si no se lo habría contado.
Quería que le dijera que es inútil tratar de empezar una relación cuando deseas estar con otra persona, que estando con la otra todo le recordaba a ella, que pensaba en lo mal que ella lo estaba pasando. Pero no fue así.
Deseaba que no hubiera más encuentros hasta darle la oportunidad de estar con él, y demostrarle que podría salir bien, de besarle, de cogerle de la mano, de acariciarle el pelo y reflejarse en esos ojos. Pero no fue ella quien lo hizo.
No para de decirle que le da demasiada importancia, pero en el fondo, cada vez tiene más importancia. No para de decirle que la quiere pero en el fondo empieza a querer a la otra.
Quería que se dieras cuenta de lo importante y doloroso que fue para ella saber que estaba con otra, cuando lo que más ansiaba en este mundo es que fuera ella. Y no pudo dormir, y no pudo comer, y no pudo concentrarse en nada. Y ahora además cada cosa cree que va dirigida a la otra, y no a ella, como antes… los celos la están robando la energía.

Pero peor sería decírselo, porque a cada paso teme perderle ¿O sería muchísimo peor sufrir con esa intensidad cada vez que él se dirigiera a la otra? ¿ver como ahora las canciones tienen otra destinataria?

Siente demasiado intenso el dolor, la está desgarrando por dentro y él, por mucho que diga, no la entiende.

lunes, 9 de agosto de 2010

Cuento IV


Pasado el tiempo comprobó que los dos volvían a estar como cuando se conocieron, alegres, hablando, dedicándose canciones, escribiendo poemas, nerviosos por verse, casi enamorados... él le había reconocido que la otra "ella" no tenía importancia, que la seguía queriendo y que quería oír de nuevo la respuesta porque ahora las cosas estaban empezando a funcionar de nuevo.
"Quiero un final feliz pero no puedo irme contigo. No, porque no me lo has pedido, y no lo has hecho porque tú tampoco estás seguro. Y digo tampoco, porque no puedo mentirme más. Todo lo feliz que estoy por estar de nuevo al comienzo no calma la sensación de intranquilidad que me provoca el hecho de que en cualquier momento puedas arrepentirte. No es cierto que sea como al principio, eso es imposible, al menos, no todavía, cuando tiemblo cada vez que paso por el banco preguntándome si estarás.
Ahora mismo soy feliz de este modo, así que por mi parte, así debemos seguir, hasta que se te cruce alguien o hasta que me pidas que vaya a tu lado.
Lo único que te rogaría es que si sucede, si hay otra "ella" de nuevo como la que me has hablado, dímelo, cuando aparezca, dímelo.
Soportaría de nuevo a Mr. Hyde sino queda más remedio, pero no soportaré tu ausencia, tu huida o tu silencio"
Ninguno de los dos dijo nada más. Él no estaba preparado, ella lo sabía. Por su parte, no podía abandonarlo todo si él no estaba seguro. Se querían, incluso él, a su manera loca, egoísta e inmadura, pero andar con pies de plomo en cada frase en cada gesto no era lo mejor para una relación. Quería seguir así, no volverle a perder, pero él... ¿quién sabía en el fondo lo que quería él?

Poco después lo supo cuando él volvió a nombrar a la otra "ella" que le esperaba en su destino, y sintió celos y tristeza de nuevo, a pesar de que él trató de arreglarlo, incluso preguntándola si quería que no volviera a hablar con "ella" nunca más.
Se dio cuenta que nunca la iba a pedir que la acompañara y chocó de bruces con la realidad, que sólo la amaría en la distancia, que sus te quiero no eran mentira, pero no eran suficientes para calmar la sed de él que tenía, que en realidad nunca sería le padre de sus hijos, su pareja, se dio cuenta, en fin, que no estaba enamorado como ella había empezado a pensar.
Y pese a todo, deseaba con todas sus fuerzas que él fuera feliz. Empezaba a entender que quizá ella sí se había enamorado

martes, 3 de agosto de 2010

La hoja


“No quiero caer” dijo la hoja colgada del árbol. “No sé qué me espera cuando caiga, tengo miedo”
“SI no te sueltas, nunca lo sabrás… y quizá sea algo bueno. Quizá, una ráfaga de aire te lleve volando y conozcas sitios nuevo, cosas diferentes…”
“Pero, ¿y si caigo y viene un barrendero y luego me quema junto al resto de hojas caídas?”
“Bueno… es una posibilidad, por supuesto, pero si no te sueltas, nunca lo vas a descubrir. ¿Acaso prefieres quedarte aquí? ¿hasta quedarte cubierta de escarcha, empezarte a pudrir o en el mejor de los casos ser comida de los gusanos y los pájaros? ¿No crees que llegado ese día puede que te arrepientas de no haberte soltado?”
La pequeña hoja enmudeció, y luego se dejó caer.
“Buena suerte” se despidió el árbol.

“Mira, mami, un árbol que habla, como el de Pocahontas” dijo un niño que se acercó sonriendo hasta el tronco, en el momento en el que una hoja, liviana y danzando, caía hasta casi sus pies.
El niño se agachó y cogió la perfecta hoja, sin una mancha, sin un roto, una hoja perfecta. Fue corriendo hasta donde estaba su madre y se la enseñó.
“Será genial para mi cuaderno”
Y así fue como la pequeña hoja terminó con un destino que nadie podría haber supuesto: en el cuaderno de un niño de primaria enamorado de la naturaleza y futuro botánico que estaba haciendo una colección de hojas. Gracias a los cuidados del pequeño, la hoja permaneció prácticamente inalterable durante muuucho tiempo, y conoció a un montón de hojas de lugares exóticos de los nunca había oído hablar.

lunes, 2 de agosto de 2010

Cuento III




La llamó, de una manera dulce que le hizo recordar los buenos tiempos, hacía días que todo iba bien, y se entregó como lo hacía siempre. Ni siquiera tuvo una lucha interna, se sentó a su lado y solamente esperó. Hablaron de todo, se rieron mucho, se escucharon…
Él estaba terriblemente agradable, divertido, y curioso, se dio cuenta que había seguido pensando en ella, la había estado mirando a lo lejos mientras pasaba por su camino, la había seguido pensando, aunque nunca hubiera conseguido ocultar del todo la nostalgia que le embargaba, como la confesó entristecido por el temor a hacerla más daño.
Y entonces sus palabras brotaron y ella las escuchó, mientras se olvidaba hasta de respirar.
“Estoy conociendo a alguien” le dijo “no he dejado de quererte, pero lo nuestro sabemos que no puede ser. Yo tengo que irme lejos, y tú no vendrías conmigo. Las relaciones a distancia no funcionan”
Le contestó que ella también le seguía queriendo, como él sabía más que de sobra, pero que si no podía ser feliz a su lado, como habían comprobado, entonces, merecía serlo con otra persona. Tal vez esa nueva “ella” fuera una nueva brisa que le hiciera sonreír.
“¿Esa es tu respuesta?”
Se quedó callada. Quería decirle que no, que esa no era su respuesta. Que debería haberle dado la oportunidad de elegir antes de apartarla hasta casi llegar a conseguir que le odiara, que tal vez sí se hubiera marchado junto a él, que no la dio la opción de elegir.
“¿Esa es tu respuesta?”
Seguía callada. Quería que la dijera que fuera con él, que lo intentara. Que si la seguía queriendo no entendía a qué venía ahora hablarle de otra “ella”.
“¿Esa es tu respuesta?”
Permanecía callada. Quería que le preguntara. Quería que la dijera “Ven conmigo” ¿Qué le respondería?
“Quiero un final feliz. Esa es mi respuesta”





sábado, 24 de julio de 2010

Telegramas


Te anda esperando porque sabe que si tú la dices "ven", lo deja todo. Por mucho que la fastidie. Por mucho que trate de resistirse.



A logrado aparentar lo suficientemente bien que ya no le importas. Va aprendiendo.



Ha dado un paso atrás, se ha vuelto a entusiasmar con un simple saludo tuyo.



La estamos perdiendo, decídete de una vez, o déjala marchar.



Parece que mejora. Gracias por no volver a acercarte.


Hoy ha pasado todo el día sin pensar en ti, y ni siquiera se ha dado cuenta. Lo he celebrado en silencio.



Ahora sé que la quieres de verdad, y te agradezco el esfuerzo que estás haciendo.



Quería comunicarte que ha conocido a alguien. A partir de ahora nuestros contactos se irán espaciando en el tiempo.


Espero que tú también encuentres algún día la felicidad. Buen viaje. Adiós.

viernes, 23 de julio de 2010

Cuento II


Aparece de repente como un fantasma, sin hacer ruido ni avisar previamente, y entonces ataca con una canción que no entiende pero que se supone que va dirigida a ella, que habla de ella, o de ellos, o de él respecto a ella, lo que sea, pero que le despierta con un golpe sordo y brutal ¡BANG!
Ella, pobre ilusa, trata de nuevo, como cada vez, de hecho, de interpretar lo que quieren decir sus palabras rebuscadas, pero lo único que saca en conclusión es que él se sigue acordando de ella, y además, que sigue sientiendo algo, sino, ¿a qué vendría ese nuevo golpe maestro?
Él es un experto en darle una de cal y otra de arena, en ilusionarla lo suficiente como para mantener viva la pequeña llama del recuerdo de los buenos momentos, pero sin dejar de temblar, ya nunca podrá dejar de temblar, porque ya nunca se fiará de él, aunque vuelva a su lado cada vez que se lo pida, el miedo sigue ahí.
Así que completamente despistada, perdida, emocionada y, aunque la moleste excesivamente reconocerlo, muy ilusionada, espera ansiosa la hora de pasar por el banco, por si él está, y poder llamarle. Se reconoce perdedora.