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miércoles, 6 de octubre de 2010

La princesa que tenía las llaves del príncipe


Está amaneciendo. Hoy comienza un nuevo día en el palacio de la princesa, ¿os acordáis de ella? Se ha despertado antes de tiempo y se dirige a abrir la ventana. Es un día frio y el viento helado la golpea el rostro, pero eso es algo que le gusta, que le hace sentir bien, que la despeja.
Ha decidido ponerse realmente bonita, lavando sus cabellos, maquillándose, poniéndose un poquito de tacón… y ya una vez lista baja a desayunar. Retira con una mano todos los pasteles y dulces que normalmente toma, y se bebe un vaso de zumo de naranja. Su dama de compañía se queda asombrada.
“¿Se encuentra usted bien?”
La princesa sonríe, y es una sonrisa bonita, porque efectivamente se siente bien, se siente mejor que nunca.
“Voy a hacer un viaje, a visitar a mis familiares y amigos que viven al lado del mar, y quiero estar presentable para cuando me vean.”
“Pero entonces…” pregunta la dama un poco confundida “¿ya no esperamos más a que llame el príncipe por si requiere las llaves?”
“oh, no, no, qué va… mándaselas con un mensajero, que le dé las gracias y le diga adiós de mi parte”
“pero… pero… ¿de verdad, señora, que se encuentra usted bien?”
“Mejor que nunca. Es más” y diciendo esto se quitó la pequeña corona que ceñía sus sienes “Toma, haz con ella lo que te plazca. Lo normal o al menos lo que yo haría sería entregarla a algún museo para la posteridad, pero si no, hagas lo que hagas me parecerá bien. Pesa mucho, y he descubierto que ser princesa no es tan bonito como me contaban de pequeña. No quiero estar pendiente de todo el mundo. Desde ahora, voy a pensar un poco más en mí misma. Por ello también te agradezco tus servicios… Mira, la corona puede ser un buen pago por ellos”

La princesa, que ya no quería que nadie más la llamara princesa y había optado por que se dirigieran a ella con su nombre verdadero, Alexandra, empaquetó sus pertenencias más preciadas (sobre todos libros y mas libros que el maestro le había ido comprando a lo largo de todos los años que estuvo a su servicio, y por el que sentía verdadera devoción), alguna prenda cómoda y poco más. Pensó incluso en ir a la universidad a estudiar… eso le parecía una buena opción. O quizá, se instalara en una pequeña aldea y abriera una confitería, pues todo hay que decirlo, preparaba unos dulces que eran conocidos y requeridos incluso fuera del reino.
Cuando ya iba a partir, miró el cajón privado de la mesilla. Dentro estaban las llaves del príncipe. Ni siquiera lo abrió, empezaba, realmente, una nueva vida, empezando por visitar el mar. Deseó que él llegara a conocer la felicidad. Ella la estaba sintiendo en ese momento, y sonrió, antes de salir de sus aposentos.

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