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martes, 20 de julio de 2010

Cuento


Él se sentaba en un banco de la calle por la que ella caminaba todos los días varias veces. Al principio se llamaban, algunas veces él, otras ella. Se sentaba a su lado y hablaban de cualquier cosa, pasaban buenos momentos juntos, se reían, se contaban sus problemas.
Aquello iba tan bien que en poco tiempo él la escribía poemas y proclama su amor, y quedaban siempre a la misma hora para disfrutar de su pequeño oasis.
Un buen día, él empezó a comportarse de un modo extraño. No siempre estaba en el banco sentado, y a veces, sí que lo estaba pero no respondía al saludo de ella o si lo hacia era desagradable e hiriente.
“Está bien” se dijo ella “ya no le saludaré más si eso es lo que quiere”
Pero él no tenía tampoco muy claro lo que quería, porque de repente la volvía a llamar casi como si nada, y ella, que le había echado de menos, volvía a sentarse. Le pedía explicaciones, y a veces se las daba y la pedía perdón. Y poco después, volvía a ser alguien que la hacía daño con sus palabras.
Ella se sentía como un yoyó entre sus manos, dispuesta a comportarse como él deseara en cada momento, que estaba muy bien si era normal, pero muy triste si se convertía en Mr. Hyde como ella llamaba al lado más desagradable de su personalidad.
Muchas veces siguió viéndole en el banco, y muchas veces deseaba volver a entablar una conversación y sentarse a su lado, recordaba sus bonitos poemas, sus palabras, pero sabía que ya nada sería igual, porque él no estaba bien.
Sin darse cuenta, se sorprendió un día que él estaba de nuevo en el banco pero esa vez volvió a saludarla. Estuvieron hablando horas y horas, hasta que amaneció, y él trataba de explicarle que no era fácil, que le seguía gustando, que si todo fuera más sencillo estarían juntos, pero que eso no era posible, y para sufrir menos, había decidido desaparecer de su vida pero que, aunque tarde, se había dado cuenta de que la echaba de menos porque además él le había contado cosas suyas que nadie más sabía, y aunque le daba miedo tanta cercanía, también era cierto que se entendían a la perfección.
“Entenderé que quieras que me cambie de banco” dijo él.
“No quiero que lo hagas” contestó ella.
Ella, alegre, dio por buenas todas sus palabras, decidió borrar todo el daño que le había estado causando y empezar de nuevo poco a poco a labrar la amistad que se había deteriorado en esas semanas. Pero lo que ocurrió es que de nuevo se equivocó, y al día siguiente, cuando se acercó contenta al banco a sentarse porque de nuevo la había saludado, el que la esperaba sentado era Mr. Hyde, que la volvió a herir.
“No me interesa tu vida” la dijo “no me interesa nada ahora mismo, así que no te voy a mentir, nunca lo he hecho”
Se levantó de allí hecha una furia, herida, pero mas que nada enfadada consigo misma por haber vuelto a tropezar en la misma piedra, cuando además ya había sido advertida por todos que él no estaba bien, y que no podría volver a confiar jamás en sus palabras. Se sentía humillada y triste y una gran ira se apoderó de su interior y antes de darse cuenta, había dicho una frase hiriente para hacerle daño.
“Ojo por ojo” se dijo.
Pero ella no era así, y se sintió fatal por haberle pagado con la misma moneda.
Al día siguiente, él estaba en el banco, como todos los días, pero nunca más volvió a saludarla. Ella quería hacerlo, incluso se preguntó si no sería buena idea pedirle perdón, pero tenía tanto miedo a otra mala contestación, que no se atrevía a acercarse. En su interior, esperaba que fuera él de nuevo el que la saludara un día, y esperaba, esperaba, mientras las semanas pasaban. Era consciente, además, que en el preciso instante en el que él la volviera a llamar, ella se sentaría en el banco.
“Sé que estoy perdida” pensaba “y sé que quizá llegará el día en el que sea capaz de dar un rodeo y no pasar por la calle donde está su banco. O puede que llegue el día en el que Mr. Hyde sea más poderoso y sea él el que no vuelva a sentarse en ese banco. Pero ahora no es ese momento”.
A veces, en el banco hay escrito poemas, y reconoce su letra, o él está escuchando canciones con un volumen suficiente como para que preste atención a la letra, pero no sabe si van dedicados a ella o no. Así que mientras tanto, sigue esperando, pasando por la misma calle día tras día, y asomándose al banco de vez en cuando, para darle la oportunidad de saludarla, y así caer de nuevo.

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